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El helicóptero del dinero

Las medidas de protección social y las ayudas diversas —una panoplia de ellas que parece no tener fin, parece que mejor sería una medida adaptable a las diversas situaciones— que vamos conociendo, son el escenario en el que mejor se mueve la demagogia populista: repartir sin tener que preocuparse de la financiación y del después.

Solo resta poner en marcha lo que académicamente desde Milton Friedman se ha denominado «el helicóptero del dinero», que no sería sino repartir billetes entre los ciudadanos o entre las familias. Estoy seguro que eso sería la felicidad, alguna vez serán felices, de los recalcitrantes de la dadivosidad social, pues esa medida significaría el reparto puro sin obligación de reintegro.

Lo más importante de la hipotética medida sería el aterrizaje. ¿Cómo se hace después aterrizar el helicóptero? Me dirán ustedes que lo hará cuando se haya repartido todo el dinero. ¿Si se agotan los recursos y no se pueden reponer, qué hacemos? No soy economista, pero la hipótesis aplicativa del helicóptero del dinero supondría la pérdida de control de la política monetaria.

Otra cuestión es la que suscita concretar si la inyección directa de dinero se haría en la misma cuantía para todos, ya que solo es concebible que tal medida la protagonizara el emisor del euro, esto es, el Banco Central Europeo ¿Se entregaría la misma cantidad a un polaco que a un alemán?
El reparto de las ayudas se revela una de las decisiones más complejas y difíciles que deben afrontar quienes deciden. 

El reparto de las ayudas se revela una de las decisiones más complejas y difíciles que deben afrontar quienes deciden


Su articulación normativa se está formalizando en decretos leyes, que deben ser convalidados por el Congreso de los Diputados, quedando derogados en caso contrario. El Gobierno puede demandar de la oposición la confianza de convalidar sin más lo que es concreto, urgente y esencial. Pero las ayudas que han de dilatarse en el tiempo y las demás medidas de protección social formalizadas en decretos leyes exigen que los diputados conozcan las memorias financieras y criterios y fundamento en que descansan, y, claro está, no pueden ser apoyadas si se han diseñado con la misma alegría con la que los Reyes Magos, reparten caramelos en la cabalgata del 5 de enero. 

Los parlamentarios deben conocer los pormenores de las medidas sociales a adoptar porque no están en la posición de esos Reyes de cabalgata que no tienen que afrontar ni siquiera el mismo día 6 la festividad de la Epifanía, ni siquiera tienen que tener un pensamiento acerca de ese término que los británicos han vulgarizado con su dicho «I just had an epiphany» («Acabo de tener una epifanía») aludiendo a haber tenido un pensamiento único o indescriptible, que puede no ser más que una ocurrencia.

No, las medidas sociales deben responder a exigencias vinculadas a su eficacia, equidad, y proporción. Y además, deben ser justas en su aplicación, deben distribuirse con justicia y debe comprobarse la certeza de la necesidad que han de mitigar. No pueden lanzarse sobre la multitud que se presume necesitada con irracional técnica que es la preferida y del gusto de los que se complacen en arrojar caramelos sobre la muchedumbre.

Y, desde luego, no cabe la igualdad de trato frente a los desiguales. No pueden ser tratados igual quienes están regularmente en la cadena productiva y quienes no lo están. No hay que confundir las ayudas y los socorros. Y sin negar estos por razones humanitarias y caritativas en el buen y completo sentido de la caridad, que incluye la solidaridad en su más completa concepción.

Debe quedar clara también la previsión de costes y su financiación, aunque en este caso pueda hacerse con endeudamiento por la excepcionalidad, pero los diputados deben conocer y controlar el alcance económico en todos sus términos de las medidas económicas excepcionales, también claro, las de fomento y protección del tejido productivo.

Los números no tienen partido. Hay que tenerlo en cuenta.

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