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Camino para apartarse

ESE ES el que propone la amalgama que se ha unido en la candidatura ‘Junts pel sí’ que patrocinan los señores Mas y Junqueras. Apartar es sinónimo de separar, desunir, dividir y también de divorciar. Y entiendo que es conveniente reparar en el alcance de todos esos verbos porque describen que algo se rompe, pero para que se quiebre algo, tenía que existir, debía haber un vínculo, que merced al apartamiento se rompe. Y esa fractura puede ser unilateral o bilateral. Y claro, no es lo mismo un divorcio de mutuo acuerdo que el que requiere un contencioso. Pero, no hay otro modo de separar lo que estaba unido, lo que es y existe como realidad. España es una comunidad histórica que empezó su andadura hace más de 500 años, y el estado nación más antiguo de Europa. Y de esa comunidad integrando ese estado, ha sido parte constitutiva lo que conocemos como Cataluña sin interrupción alguna a lo largo de esos cinco siglos.

Descartado que Cataluña sea un territorio por descolonizar, hay que detenerse para ponderar bien lo que se pretende por los independentistas si el día 27 de septiembre obtuvieran sus candidaturas respaldo mayoritario, cuál es su objetivo.

Pues sencillamente irse, marcharse, largarse. Por varios motivos: porque no se sienten españoles, porque entienden que su identidad es la catalana, y porque al margen de España vivirían mejor, disfrutarían de más prosperidad, decidirían su destino más directamente. Pónganlo como quieran y por el orden que mejor vean.

Las naciones, las patrias, los estados, no son materia dogmática, ni en su existencia ni en su continuidad. Tampoco en el momento de constituirse

Tampoco eso justificaría, por cierto, el desdén a lo español que practican los independentistas y algunos más, porque sobre que se trataría de un cierto autoflagelo, no es una buena actitud para el éxito de su propósito.

Pues bien -me refiero a los independentistas, no a los catalanes-, desprecian lo español, lo han hecho siempre, y a pesar de ello, el marco de convivencia de 1978 les ha permitido establecer, porque han disfrutado de libertad, su relato adverso a la españolidad de Cataluña, convirtiéndolo desde las instituciones en verdadera enciclopedia de la buena catalanidad, induciendo en méritos a sus postulados a poner fin a la andadura común y secular de España.

Las naciones, las patrias, los estados, no son materia dogmática, ni en su existencia ni en su continuidad. Tampoco en el momento de constituirse. Escribió Séneca que «ninguno ama a su patria porque es grande, sino porque es suya»; anoto también el pensamiento de Flaubert acerca de que «la patria, posiblemente, es como la familia, solo sentimos su valor cuando la perdemos». Por tanto las naciones, las patrias, los estados deben ubicarse en alguna medida en lo próximo, lo nuestro, en lo familiar.

Hay una familia, que es la comunidad a la que se pertenece, bien desde que se nace o por opción personal posterior, en general previo cumplimiento de una exigencia o requisito temporal de convivencia.

Proximidad, pues. Convivencia, lazos familiares, interdependencia, comunidad de afectos, recuerdos e intereses. ¿Las hay entre los españoles catalanes y los demás? Claro que sí. Hasta tenemos similares costumbres, gustos y actitudes. Compartimos todo lo que quinientos años de nexo vital han trabado.

Incluso se ha utilizado el poder para impulsar en las nuevas generaciones la identificación con Cataluña, obviando la idea misma de españolidad compartida con los demás pueblos

Pues si todo eso es así, ¿por qué las actitudes no solo de ajenidad, incluso de hostilidad? En estos últimos lustros las particularidades de la catalanidad, la lengua y la cultura, han gozado de reconocimiento. Dejémoslo ahí. La Generalitat ostenta poderes y facultades en todos los ámbitos del poder, tan amplios que es realmente la administración ordinaria en Cataluña. Incluso se ha utilizado el poder para impulsar en las nuevas generaciones la identificación con Cataluña, obviando, a lo mejor sin mala intención, pero sin buena intención, la idea misma de españolidad compartida con los demás pueblos de la comunidad nacional.

Bien. Basta escuchar los debates que se están protagonizando, los mensajes, los argumentos y los desdenes. Debemos ser siempre constructivos y apostar todo por el futuro común de nuestro país, por la prosperidad, la paz y el bienestar de todos, y como apuntaba el otro día con una cita amable, haciéndolo desde el corazón.

Quienes crean en el reclamo electoral de la conjunción independentista acerca de que su voto del día 27 de septiembre será «el voto de su vida» -qué ironía afirmar que la voluntad de apartarse sea la más significativa de una vida- será bueno que mediten sobre la reacción de una amplia mayoría del pueblo español, también suficientemente relevante entre los catalanes. Y que la carta de Urías -medio falso y traidor para dañar a otro abusando de su confianza y buena fe- hay que dejarse de eufemismos, que entrañará el voto separador para la mayoría de la sociedad española no generará precisamente nuevos afectos.

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