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Accidente aéreo

COMO SIEMPRE,  en  las horas siguientes al accidente del avión que cubría la ruta Barcelona-Dusseldorf, las primeras reacciones exigían, demandaban una explicación, porque domina la idea equivocada de que la técnica de la sociedad de hoy ha llegado al punto de que puedan descartarse los fallos. Y probablemente estemos muy cerca de ello. Lo que ya no cabe excluir, en ningún caso es la incidencia de la conducta humana como desencadenante de hechos dolorosos. Así se ha confirmado que sucedió en el suceso al que hago referencia, en el que la inestabilidad del copiloto tuvo como consecuencia la muerte de centenar y medio de seres humanos, cuyas vidas fueron segadas por la locura de un trastornado.

Lo sorprendente es que no se percibe con claridad si la explicación ahora conocida, a muchos les inquieta o les tranquiliza. Les tranquiliza en el sentido de que ya está todo aclarado: la técnica no falló. En consecuencia, según esa convención de la opinión pública, podemos seguir abordando seguros trenes y aviones. Ya contamos con la explicación de lo sucedido: los trenes Alvia descarrilan porque el maquinista no frena el tren cuando debe, y los aviones no se estrellan, los aviones chocan contra las montañas de la mano de un piloto que no aceptaba su realidad vital.

A mí, desde luego, no me tranquiliza nada. Y me enerva pensar en tantos controles e incomodidades casi vejatorias como hay que soportar para poder tomar un vuelo, para quedar en manos, en términos coloquiales, de un chiflado que estampa la aeronave contra una montaña.

La caridad, el amor fraterno en que se concreta respecto del prójimo, es lo que asegurará, cuanto más se practique, un mundo mejor

Sin duda, el grupo Lufthansa no tendrá que ensombrecer su palmarés de seguridad aérea con un accidente técnico, pero creo que deberá afrontar algo mucho peor: tendrá que responder por haber confiado a sus pasajeros a un enfermo, que, por ello, podía comportarse como consecuencia de forma insensata. Y lo que es peor, no por una dolencia sobrevenida, sino por un padecimiento o enfermedad que el rigor en la selección del personal de vuelo hubiera conducido a excluir de las tripulaciones, conjurando así el peligro, que en esta ocasión se concretó en tragedia.

Como estamos en un periodo vacacional en el que se llevan a cabo tantos desplazacimentos, pienso en cuan confiados somos. Y que si debidamente informados y conscientes por tanto de los riesgos reales que asumimos, adoptáramos las cautelas pertinentes, a buen seguro se alterarían las condiciones del transporte público tal como lo conocemos.

No sucederá, porque, por fortuna, y aquí sí vale el argumento o los precedentes mejor dicho, gracias a la técnica se solventan muchas imprevisiones y se evitan las consecuencias de constantes ligerezas.

Como estamos en Semana Santa, y el jueves se considera por los católicos la virtud de la caridad, resulta, creo que oportuno, subrayar que hay en el mundo también hoy un gran déficit de ella. No bastan los movimientos solidarios. La caridad, el amor fraterno en que se concreta respecto del prójimo, es lo que asegurará, cuanto más se practique, un mundo mejor. Fíjense, hasta para viajar más seguros.

Accidente aéreo
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