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Yo no he matado a Rita

NO ES cuestión de que nuestra democracia sea joven, ni tiene nada que ver con los tiempos convulsos del multipartidismo. Es la idiocia política voluntaria -la del postureo y la del inmovilismo, ex aequo- lo único que explica que, con Rita Barberá todavía en el hotel en el que moría, hayamos tenido que ver como un infarto se convertía en arma política. El cuerpo no había salido hacia el Anatómico Forense y el ministro de Justicia ya insinuaba que el fallecimiento recaería sobre las conciencias de medios y políticos por someter a tanta presión a la exalcaldesa, como si ella no hubiera podido retirarse a un segundo plano para defenderse de las acusaciones que la asediaban. Mientras hablaba el ministro, Pablo Iglesias y Alberto Garzón refundaban la definición de minuto de silencio para asegurar que ese tipo de gestos son -supongo que desde hoy hasta el fin de los tiempos- "homenajes a una trayectoria" que ellos "no quieren blanquear". Y cuando uno piensa que no caben más tontos, sale a la Carrera de San Jerónimo Celia Villalobos para darnos las claves de todo: "Si yo estuve fatal por lo del Candy Crush, cómo no iba a estar ella mal". Todo con el cuño de la marca España. 

Yo no he matado a Rita
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