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Revolución tecnoelectoral

Por si fuera poco la pandemia, el año 2020 será también el de la revolución tecno-electoral. Toca innovar, dijo Feijóo, y el 12 de julio liderará con Urkullu el ensayo por el que en noviembre transitará el mismísimo Trump. Cosas veremos todavía, y quién sabe cuántos mandatarios más habrán de pasar por el mismo peligroso trance. 

Quizá haya que tomarse algo más en serio la cuestión de la democracia electrónica. Cuando producción, consumo, trabajo, educación son sectores emplazados a un salto cualitativo por la tecnología digital, ¿no habrá llegado el momento de poner la tecnología al servicio del perfeccionamiento de la democracia? Me resisto a creer que no sea posible una aplicación que facilite el voto con todas las cautelas de verificación de identidad, incluyendo, en lugar de los masivos desplazamientos a los colegios electorales, algún aparato ideado ad hoc para que lleven los miembros de las mesas electorales allí donde sea preciso o existan limitaciones de acceso, igual que los deberes escolares llegaron a lugares remotos, y esto sin mucha previsión ni medios al alcance. Todo es querer, ¿o es que acaso hay miedo a preguntar demasiado a la gente por sus opiniones en temas decisivos, no vaya a ser que el público se involucre en exceso en la toma de decisiones? O, si no queremos ir tan lejos, ¿no sería relativamente sencillo idear procedimientos de verificación de las promesas electorales, que reviertan en un índice objetivo de la fiabilidad de los políticos? Algún día habrá que vincular tecnología y democracia, o si no dejaremos que la política se vacíe de interés real. 

La tecnología no funciona como una mano invisible, es sinónimo de cualquier cosa menos de imparcialidad

Cuando en España aparecían las primeras tarjetas de crédito y los primeros cajeros automáticos, el clásico de la ciencia-ficción Isaac Asimov, embarcado en su saga sobre los robots, estaba escribiendo algunos de los relatos más emblemáticos de anticipación científica sobre la inteligencia artificial, en los que formuló las célebres tres leyes de la robótica. Más allá de los reparos que nos pueda producir hoy el entusiasmo naif de Asimov por la tecnología, sus anticipaciones no dejaban de tener interés en tanto apuntaron a cuestiones ecológicas, políticas y antropológicas que siguen ahí en toda su crudeza.

Entre esas cuestiones estaba la de los procedimientos electorales del futuro. En diversos relatos (el más renombrado, ‘Sufragio universal’) Asimov ideó el Multivac, un sistema de procesamiento de variables sobre las tendencias predominantes entre la población, que concluía en la determinación de un individuo máximamente representativo sobre el que recaía la responsabilidad de la elección. Yo ya advertí que Asimov era un tecnófilo con su punto ingenuo, pero lo cierto es que fue un cerebro electrónico quien (o hay que decir ‘el que’) adelantó ante las cámaras de la CBS la arrolladora victoria de Eisenhower en 1952, en contra de lo que vaticinaban todas las encuestas. El cerebro en cuestión se llamaba Univac. 
Una cierta prudencia del norte (o del sur según como se mire) nos llevará a convertir la anunciada innovación en poco más que limitar la duración de la campaña electoral y el aforo de los mítines, incluso una candidata como Ana Pontón ha propuesto menos mítines y más debates. Toda una esperanza, si por esta vía indirecta accediéramos a una campaña de verdad más deliberativa, daría igual si fuese aristotélica o habermasiana. 
Pero cuidado que los verdaderos parientes del norte no se lo tomarán tan a la ligera. El juego del magnate Trump no incluye nunca aceptar una derrota, así que tratándose de la reelección son previsibles todas las interferencias posibles precisamente por vía electrónica, además del río revuelto de las confusiones, la desinformación y, si hace falta, los tribunales. 

Además, sabemos que las redes no juegan hoy el papel de una especie de Juan Nadie en versión 2.0 y que, como mínimo, tendría el carnet de la asociación nacional del rifle. No, la tecnología no funciona como una mano invisible, es sinónimo de cualquier cosa menos de imparcialidad, y es que la democracia no es (no debe ser) un mercado, ni siquiera el mercado es un auténtico mercado. 

En fin, que confrontados a la parodia del televoto en la televisión, y a los intereses que mueven el imperio tecnológico, mejor quedar a resguardo de la utopía de la democracia electrónica. Casi va a ser mejor que los sufrientes miembros de las mesas electorales sigan humedeciendo sus dedos con la lengua, repetidamente y contra toda norma higiénica, para contar papeletas y recontarlas hasta que cuadren, después de haber estado todo el día recibiendo votantes con sus sudorosos cuerpos de verano, sus carnets de identidad manoseados y sus alientos apresurados.

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