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Políticas de inmunidad

DESPUÉS de siete meses de pandemia, la curuxa a la que hacemos honor en esta sección ya puede levantar su vuelo vespertino e ir dejando algún concepto para la reflexión. Que el mundo no es un sistema cerrado y previsible ya lo sabíamos, y que nuestro conocimiento forma una pequeña luz en un mar de incertidumbres. Si ya antes se trataba de un diagnóstico plausible, válido para el mundo a pesar de sus leyes físicas, lo es mucho más para las sociedades, afectas de suyo a lo complejo e imprevisible. Ahora, con la pandemia, todos los ámbitos de nuestra vida están mediatizados por un proceso sobre el que poseemos escaso control, y la incertidumbre se vuelve una condición de existencia, casi una descripción del estado de las cosas. El virus coloniza lo real, y es como si revelase algunas verdades incómodas que antes solo sospechábamos. 

Una de ellas es que el peligro en realidad  somos nosotros, los anfitriones del virus, los medios privilegiados para su subsistencia y propagación. El virus sigue la misma lógica comunitaria que seguimos los humanos, por eso solo podemos combatirlo debilitándonos a nosotros mismos, poniendo la distancia que atenúa los contactos y debilita nuestra sociabilidad. En el horizonte aparece una sociedad más atomizada, que contrasta con la concentración del poder y el dinero en núcleos más potentes y escasos. 

Otra verdad incómoda atañe a nuestro modo de vida depredador, que incrementa el peligro que suponemos, también para nosotros mismos. El fenómeno del contagio nos sitúa ante un dilema funesto, entre la paranoia y la irresponsabilidad. La experiencia del confinamiento nos ha mostrado que el decrecimiento es posible, pero a un precio catastrófico para nuestro modo de vida. 

A la lógica de la extensión viral se superpone la de la inmunidad que buscamos. Roberto Expósito ha defendido hace tiempo la naturaleza inmunitaria de las sociedades modernas, contrapuesta a la idea de comunidad. Según su análisis, inmune es quien no le debe nada a nadie, el que está exento de la obligación de lo común. Esa era una dispensa de la que antes gozaban los soberanos, pero en las sociedades del individuo y el mercado es una prerrogativa que se extiende a todo el cuerpo social, hasta el punto de que la seguridad del individuo, su inmunidad, se convierte desde Hobbes en el objetivo principal del Estado. La política ya no está para el mejor gobierno de la república, al modo de la excelencia que cultivaban los antiguos, sino para la conservación de la vida en su materialidad biológica. Política y vida biológica se vuelven inseparables, la política se convierte en biopolítica, y esta es necropolítica, porque vida y muerte no pueden desenredarse. De ahí también que tantos fenómenos vitales sean vistos como patologías que deben medicalizarse.

Igual que buscamos una vacuna que nos proteja de los patógenos, buscamos limitar y controlar el poder para protegernos de su desmesura y someterlo a los intereses de nuestra conservación. El contrato social sería esa vacuna que nos inocula algo del peligro que combatimos, que encauzamos en leyes, instituciones y autoridades, igual que firmamos pólizas y contratamos seguros para someter lo inclemente de la existencia, hasta que un día descubrimos que estamos expuestos a un poder que nos supera, y nos descubrimos vulnerables y dependientes en una medida inesperada. 

Y luego está ese fascinante concepto epidemiológico de la inmunidad de grupo, que nos pone ante un vínculo mucho más estrecho entre individuo y comunidad de lo que sugería la contraposición comentada del filósofo italiano. Dando por descontada la dificultad de establecer ese umbral inmunitario, que es uno de los grandes enigmas de la pandemia ya que implica una compleja combinación de cálculo matemático y distribución demográfica, pensemos que alcanzarlo resulta de un fracaso en la contención del virus tras el cual, sin embargo, va desapareciendo la ocasión propicia para su propagación. Una gran tentación para los políticos que tienen que tomar las decisiones, pero a un precio demasiado alto en términos de vidas humanas. Por eso los que como Boris Johnson adoptaron en principio la idea enseguida recularon alarmados, aunque quizá solo fuese porque el virus acabó contagiándolo. Otros como Donald Trump se muestran sin embargo mucho más contumaces, con las poblaciones tomadas como objeto de experimentos de resultados inciertos. Mientras aquí seguimos a nuestros líos, con la política nublándolo todo. 

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