Opinión

Retrasos en las inversiones industriales

Bruselas comunica que el hidroducto de conexión de Galicia con el resto del sistema español para el transporte de hidrógeno no estará entre las prioridades aprobadas. Al día siguiente la adjudicación de fondos europeos a proyectos energéticos selecciona un único proyecto de una multinacional sueca que pretende instalarse en As Pontes, localidad cuyo alcalde es precisamente quien dirige el socialismo gallego. Por el camino quedan otros proyectos avalados por la Xunta de Galicia, uno del Grupo Tojeiro en Mugardos y dos en los puertos de Vigo y Punta Langosteira respectivamente.

Paralelamente, en las últimas semanas la Xunta y el capital privado han creado sendas estructuras de fomento empresarial, denominados Impulsa Galicia, promovido por la Xunta de Galicia, Abanca, Sogama y Reganosa, las dos últimas participadas por la Administración autonómica, y Recursos de Galicia, donde 33 empresas más la Xunta quieren ‘maximizar el valor generado por el uso de fuentes energéticas propias’. No parece que hasta ahora hayan sido escuchadas en Madrid o en Bruselas. Como tampoco parece haber sido escuchada la asociación que aglutina a las empresas del sector del hidrógeno, AGH2.

Nada nuevo en Galicia. Arrastramos una década de retraso en el Ave, retraso constante en el futuro corredor ferroviario atlántico de mercancías y otros déficits de inversiones. La razón es tan evidente como incómoda: la economía española se ha desplazado hacia el Mediterráneo que junto con Madrid, el País Vasco, Zaragoza y Málaga completan el territorio que está creciendo económicamente y atrayendo inversiones. Fuera queda el Noroeste, Galicia, Asturias, las dos Castillas y Extremadura, mucho territorio pero menos población. A dicho factor determinante se pueden sumar otros, siempre de menor incidencia, como el menor tamaño de los proyectos gallegos, la falta de unidad y convergencia de los principales actores o el factor electoral.

No se trata de que las inversiones en Galicia hayan sido negadas, simplemente se retrasan, se aplazan en el tiempo ante la mayor demanda de otros territorios, la mejor articulación de intereses que los respaldan, la mayor capacidad de presión sobre el Ejecutivo estatal o las sinergias provocadas por la interacción de operadores financieros, empresariales y políticos. Nada que no se pueda hacer en Galicia, pero también nada que se esté haciendo.

Ante la respuesta de Bruselas se han manifestado la Xunta de Galicia y el presidente de la Confederación de Empresarios, nadie más. El tejido social silente, las estructuras empresariales, sindicales, asociativas o las instituciones locales están mirando al vacío, no saben, no contestan. Una vez más en la historia gallega el retraso no se impone, sino que se acepta, la marginación no se decreta, solo se asume.

Las pruebas están a la vista. Dejando al margen a multinacionales como Inditex o Citroën cuyo tamaño les permite hacer llegar sus necesidades ante las más altas autoridades de forma permanente, apenas se producen encuentros de dirigentes empresariales gallegos con el presidente o los ministros del Gobierno, como es raro encontrar menciones a las empresas gallegas en la prensa madrileña llamada nacional. Y aún más infrecuente es que los medios foráneos se hagan eco de posiciones empresariales, industriales o políticas, enunciadas desde Galicia. Sin duda porque no se producen y en las escasas ocasiones en las que ocurre, no tienen continuidad, ni responden a una estrategia sostenida en el tiempo.

Hay algunas excepciones meritorias, como el sector pesquero que se beneficia de su mayor peso relativo en el contexto estatal, pero los demás sectores están habituados al mercado interior, a la zona de confort que brinda el contexto gallego, una consecuencia de su menor tamaño. Tener presencia habitual en Madrid y en Bruselas, lograr influencia, ejercer como lobby, cuesta tiempo y recursos económicos. No basta desearlo, se necesita una estructura profesional de apoyo que supera la capacidad de una empresa. De ahí la necesidad de aunar esfuerzos, de buscar sinergias, de unificar mensajes y de saber que se debe actuar con visión de largo plazo. Exactamente, lo que los empresarios vascos y catalanes llevan haciendo desde hace más de cien años, sin renunciar a ninguna medida. Han tenido tanto éxito que han conseguido imponer un modelo dual en España y que los perjudicados no lo cuestionen a fondo.

Quejarse nunca es una alternativa. Solo cabe aprender de los errores, fijarse en los ganadores, convocar a los mejores y adoptar la estrategia adecuada. El problema no es Madrid, ni el centralismo del Estado ni ninguna otra de esas ideas negativas que funcionan como paño de lágrimas y como distracción de lo importante. El problema está aquí, entre nosotros y solamente desde aquí podrá resolverse.

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