Opinión

Hacia una investidura fallida pero no inútil

El jefe del Estado en el ejercicio de sus funciones ha puesto en marcha el procedimiento para formar Gobierno. Aunque el candidato propuesto, Feijóo, en nombre del PP, ha pedido demorarlo unas semanas, el calendario está fijado por lo que si a finales de noviembre no se ha formado Gobierno, habrá elecciones en enero próximo.

Los datos disponibles, según declaraciones reiteradas de los portavoces parlamentarios, indican que Feijóo fracasará, pues no logrará más síes que noes. Le seguirá Pedro Sánchez que, sin tenerlo garantizado en este momento, tiene mayor posibilidad de lograr mayoría absoluta. El azar electoral ha hecho que el partido más hostil al Gobierno español, sea el que sea, determine la elección del presidente. Una situación rocambolesca que aventura, si llega a comenzar, una legislatura inestable y probablemente breve con nuevas elecciones pronto. Recordemos que en 2025 habrá además elecciones europeas, gallegas y vascas. Probablemente, también catalanas, además del incierto desarrollo de la investidura en Murcia.

Feijóo estaba obligado a presentarse. Tras haber desarrollado una campaña como si ya hubiese ganado y fijar él mismo en 160 escaños la cifra que le permitiría gobernar en solitario, se ha encontrado que ni con la suma de Vox logra la mayoría suficiente. Renunciar ahora a la investidura sería colocarse en posición débil ante los suyos. Por el contrario, presentarse a la investidura es una oportunidad para situarse como alternativa de gobierno. Deberá asumir su papel, que no es de ganador burlado sino el de ganador insuficiente. No accede a gobernar porque sus apoyos son insuficientes. Reconocer ese hecho es el primer paso para postularse como alternativa. Insistir en fórmulas inviables, como el voto favorable del PNV o de Junts, al lado de Vox, es un burdo intento de engaño.

En la investidura Feijóo deberá demostrar que su partido tiene algunas ideas además del antisanchismo ya conocido. Disponiendo de tiempo ilimitado por primera vez, puede detallar aquellos asuntos que ha criticado sin aportar alternativas: fiscalidad, ayudas sociales, posición política con Marruecos, inmigración y otros muchos. Frente a la simpleza que exhibirá su socio principal, Vox, deberá presentar un bloque de ideas que represente una política conservadora no radical. Si no lo consigue, ante el país, pero también ante su grupo político, este comenzará a pensar en el relevo.

Junts o Puigdemont, que es lo mismo, no tienen especial interés en la formación de Gobierno. Es más, la repetición electoral no les inquieta, pues solo serviría para prolongar las negociaciones con Sánchez en busca de mayores contrapartidas. Por ello puede votar a Sánchez en su investidura o abstenerse si cree que aún puede lograr otros objetivos. Por otra parte, si ERC pacta con el PSOE, Junts tiene todavía menos incentivos para fortalecer a quien gobierna la Generalitat en clara minoría. Así, tras la primera investidura fallida, la segunda puede serlo o no.

Sánchez no tiene prisa en las negociaciones ni la tendrá hasta que Feijóo sea derrotado y realmente comience a correr el calendario hacia las elecciones. De momento habrá conversaciones exploratorias con los posibles aliados para definir la agenda de compromisos con los eventuales apoyos sin necesidad de ir más allá ni ofrecer argumentos al PP para el debate. La ingeniería administrativa, los eufemismos pactados y las concesiones materiales servirán para restar carga simbólica a las principales demandas, en especial de los nacionalistas catalanes, situándolas en un marco manejable para el Gobierno. A fin de cuentas, una negociación es un proceso de cesiones mutuas hasta lograr un punto de encuentro.

La parálisis administrativa y legislativa obligada mientras no haya Gobierno, está descontada. Ni la Presidencia europea ha sufrido merma, ni la vida económica se ha visto afectada. En las democracias occidentales la superestructura del Gobierno incide en determinadas áreas, pero no condiciona ni a los grandes servicios públicos ni a las empresas. Conviene no olvidar sus límites para no generar expectativas desmesuradas.
En el entorno exterior los problemas se complican, pero la política española está muy alejada de ellos. La guerra en Ucrania se ha estancado mientras que la situación en el Sahel se deteriora rápidamente al tiempo que suenan tambores de guerra. La inestabilidad en esa zona repercute en la Unión Europea y en los países ribereños del Mediterráneo, pero aquí seguimos mirando exclusivamente el solar patrio. No es menos cierto que, salvo los especialistas, la inmensa mayoría de los diputados electos no sabrían explicar dichos conflictos ni los intereses españoles en juego.
Estamos en un tiempo de espera, ideal para tertulianos y comentaristas, poco productivo para el país, pero necesario en un régimen parlamentario donde no basta la voluntad expresada en las urnas, sino que posteriormente corresponde a los partidos políticos pactar para formar mayorías suficientes. Grandeza y miseria de la democracia parlamentaria.

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