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Ducha escocesa de Ábalos a los alcaldes socialistas de Galicia

Hace pocas semanas, la presidenta de Adif, organismo dependiente de Fomento, se prodigaba en declaraciones plagadas de tecnicismos para eludir concretar la fecha de finalización del Ave a Galicia. Como explicamos en su día, la puesta en servicio en 2020 era imposible a tenor de los plazos de ejecución. En su primera visita a Galicia el titular del ministerio ha pospuesto la fecha a 2021, dando la razón a sus críticos.

A esa noticia, no por realista menos preocupante, ha añadido el desinterés por los asuntos pendientes de su ministerio en A Coruña, ciudad gobernada por el PSOE. En un aviso de lo que viene en todas las ciudades, ha eludido cualquier compromiso incluso sobre los asuntos que ya estaban discutidos. Como explicábamos, el Gobierno necesita liberar recursos para cumplir los compromisos a los que se ha obligado en el proceso de investidura. Las demandas gallegas, con la salvedad apuntada del Ave, tendrán que esperar.

En contra de la lógica aparente —hay elecciones en Galicia este año, luego el compromiso gubernamental debería de ser mayor—, se opta por exigir la absoluta sumisión de los socialistas gallegos a las necesidades del Gobierno que, como es obvio, mira para otros territorios. Es imposible saber la repercusión electoral de esa estrategia. Es muy probable que el Gobierno disponga ya de encuestas fiables sobre las perspectivas electorales en Galicia, que le aconsejen evitar excesivos compromisos. Hoy mismo se publica una encuesta que no invita al optimismo.

Como se ha visto en la crisis provocada por la entrevista de Ábalos con la vicepresidenta venezolana, incluso la política exterior del Estado está ya mediatizada por los intereses de Podemos

En realidad los alcaldes gallegos no deberían llamarse a engaño. Las prioridades de cualquier Gobierno siguen una escala de prioridades, entre las que sus propias alcaldías ocupan una posición secundaria. En los territorios donde la autoridad autonómica es de signo contrario y el volumen electoral relativamente menor, la atención estará desviada en favor de aquellos que son imprescindibles para la estabilidad del propio Ejecutivo, caso de Valencia, Cataluña o el País Vasco. 

En Galicia, salvo la ciudad de Vigo, gobernada con mayoría absoluta y auténtico referente del socialismo gallego, las demás ciudades están gobernadas mediante coaliciones más o menos precarias. 

Sin olvidar los intereses del socio de Gobierno. Como se ha visto en la rocambolesca crisis provocada por la entrevista del propio Ábalos con la vicepresidenta venezolana, incluso la política exterior del Estado está ya mediatizada por los intereses de Podemos. A esa historia aún se le puede añadir el encontronazo de Zapatero con González y la oscura trama de blanqueo de dinero que implica al exembajador de España en Caracas.
O los alcaldes gallegos en minoría consiguen que sus demandas sean transversales y ampliamente asumidas socialmente o poco podrán esperar de Madrid, que ahora mismo está muy lejos de Galicia. Frente a la política de bloques a todos los niveles se impone la realpolitik: en cada nivel de la política debe actuarse de acuerdo con los objetivos propios y no con los de otros niveles. En otras palabras, la lógica de la política estatal es diferente, o debería serlo, de la política autonómica y ambas son distintas de la política local. Continuar embarcados a todos los niveles en la polarización entre bloques sólo conviene a los radicales pero nunca a los pragmáticos.

Ducha escocesa de Ábalos a los alcaldes socialistas de Galicia