Opinión

Al día siguiente del 23-J

Felipe González lo ha enunciado con absoluta claridad, respondida con un atronador silencio en su propia organización. Para el fundador del socialismo moderno, se debe facilitar que gobierne el partido más votado. Que lo diga con todas las encuestas apuntando al PP como el beneficiario de tal condición, otorga más interés a su propuesta. Implícitamente, Felipe González está expresando dos ideas complementarias. La primera que la entrada de Vox en el Gobierno de España depende tanto del PP como del resto de partidos, pues si consigue ser la lista mayoritaria, el Partido Popular deberá elegir entre dos opciones bien diferentes: la coalición con Vox, estruendosa, lesiva para el propio PP, preocupante para la imagen de España en Europa y sin duda fuente de conflictos de todo tipo en la sociedad española, frente a otra opción que no depende de su voluntad: la abstención de los demás partidos, entiéndase el PSOE, que le facilite gobernar en minoría.

Además, la propuesta de González (reiterada por Feijóo en el cara a cara) entraña una segunda condición: evitar la política de bloques de estos años. Ni frente popular ni alianza de derechas, entendidas ambas soluciones como ineficaces para los intereses del país cuando no directamente divisivas de la convivencia.

Ahora bien, el problema es cómo gobernar en minoría. Va de suyo que sería necesario pactar determinadas leyes, en especial los Presupuestos Generales del Estado, las leyes orgánicas y otras de especial interés, así como los principales asuntos relacionados con Europa, como los fondos Next Generation, dejando que en las demás cuestiones operase el juego de mayorías y minorías, incluso que los apoyos de Vox promoviesen normas discutibles en asuntos no nucleares de la convivencia.

En otros términos, si los españoles otorgan su apoyo al PP, el pacto con Vox no es inevitable. Dependerá de la capacidad de la socialdemocracia hispana para mirar a largo plazo, aceptar el resultado, pero no forzar que el Gobierno de la nación se escore hacia las posiciones radicales, en el convencimiento de que no le interesa al país y, por tanto, no debiera interesarle al partido que antes o después volverá a gobernarlo. De hecho, el PNV ya ha expresado su disposición para facilitar la gobernación siempre que Vox no participe.

El silencio interno, con la excepción de ocasionales y secundarios portavoces contrarios a tal iniciativa, indica la importancia de la propuesta felipista. Al recordarnos que ni la política de bloques es inevitable ni Vox deseable, pone el acento en la importancia de la política parlamentaria, tan degradada en los últimos años. Un Gobierno en minoría está obligado a buscar apoyos parlamentarios ante cada votación, lo que permite condiciones y compromisos con los aliados ocasionales. El acuerdo entre los dos grandes partidos, condicionado a los asuntos antes referidos, acotaría el marco de debate de los acuerdos puntuales.

Ahora bien, seamos realistas. En el momento actual los partidos de izquierda repiten a diario que Abascal será vicepresidente del Gobierno, de forma que más parece un deseo que una probabilidad. Ensayan la profecía autocumplida a despecho de los intereses de los ciudadanos. Es poco probable que esa actitud mude en los próximos quince días que nos separan de la votación.

En el campo contrario, el del Gobierno actual, la posible repetición de la fórmula de coalición con aliados parlamentarios, se encontraría con mayores dificultades y exigencias por parte de los coaligados que no han ahorrado duras críticas al PSOE durante las últimas semanas. Es previsible que en caso de ser necesarios sus votos coticen al alza en la negociación.

Como vemos, al día siguiente de las elecciones del 23 de julio, la situación política puede ser muy inestable sea cual sea el resultado. El acuerdo de mínimos entre los dos grandes partidos es muy improbable, mientras que cualquiera de los otros escenarios posibles, coalición PP-Vox o repetición de la actual coalición gubernamental, prolongaría la polarización extrema de la vida pública sin abordar ninguno de los problemas urgentes.

Escuchar durante estos días a la candidata de Sumar ofrecer lo que no ha hecho durante cinco años en el Gobierno o prometer lo que no está en su mano o es directamente contradictorio con lo que se necesita, en una muestra de la irrealidad en la que viven algunos dirigentes. A pie de calle no se comentan esas falsas soluciones sino algo muy prosaico como es el deterioro de la calidad de vida, la ruina de la clase media, la angustia ante los precios de la vivienda o los alimentos. No se votará por lo que se ha hecho sino por las expectativas ante un futuro muy incierto.

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