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La pandemia del enchufismo

Hace unos días que el Tribunal Supremo ratificó la sentencia condenatoria a un funcionario del ayuntamiento de Vigo por de prevaricación, malversación y falsedad en documento mercantil al contratar a una familiar de la teniente de alcalde en una concesionaria municipal, empresa que le pagó 108.000 euros sin realizar función alguna. Al parecer trabajaba para el partido socialista. En diciembre se supo de la trama para ‘comprar’ los exámenes a la Policía Local y al Cuerpo de Bomberos del Ayuntamiento, con una policía implicada y un sindicalista dimitido.

La presunta ‘compra’ de las oposiciones está en manos del uzgado. El caso de la cuñada de la hoy presidenta de la Diputación de Pontevedra y del PSdeG-PSOE no tendrá consecuencias políticas. La mayoría gobernante en el Concello rechazó el martes las propuestas de la oposición y ni la teniente de alcalde ni el alcalde serán reprobados, tampoco se abrirá una investigación para saber si hay más casos similares. Está claro que en esta democracia nuestra puede más el número de votos que la necesidad de regeneración y transparencia.   

La dictadura era el paradigma del enchufismo. Pero muchos jerarcas de aquel régimen guardaban más la formas

No sé si la coincidencia de la sentencia del T.S. y de la filtración de las irregularidades en esas oposiciones es casualidad o significa que la corrupción es práctica habitual en los ámbitos municipales vigueses. Pero hay que decir —con indignación democrática— que Vigo no es un caso único. La ‘pandemia’ del enchufismo viene contaminando a las administraciones de todo signo político. Los que mandan colocan como ‘cargos de  confíanza’ a familiares, amigos y conmilitones sin escrúpulo alguno. Miren a los ministerios del Gobierno de España.  

Líbreme Dios de negar a los familiares o amigos de los políticos el derecho a trabajar en las administraciones si compiten limpiamente con otros candidatos. Pero lo que ocurre en España es un atentado a la igualdad de oportunidades, una regla de oro de la democracia secuestrada  por políticos que arrebatan a muchos jóvenes la oportunidad de acceder a un empleo por su mérito y esfuerzo, que es el único aval que tienen los hijos de los pobres. 

Dar puestos a dedo o manipular las pruebas de oposiciones es una forma execrable de corrupción que practican con impunidad los que creen que los votos les conceden poderes que la sana razón democrática no otorga. Son los mismos que no ven ‘la viga’ de la corrupción en sus ojos mientras denuncian ‘la paja’ en el ojo del vecino. 
La dictadura era el paradigma de enchufismo. Pero —sé que no es políticamente correcto decirlo— muchos jerarcas de aquel régimen guardaban más las formas.

La pandemia del enchufismo
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