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La campaña de Madrid

En democracia se puede ser progresista o conservador, pero el primer principio exige ser respetuoso con los que tienen otras ideologías

Los ciudadanos pedimos a los políticos que busquen soluciones a nuestros problemas y si no saben hacerlo, al menos que no nos compliquen la vida quebrando la convivencia social que tanto nos costó recuperar.

El caso es que desde que se convocaron las elecciones en Madrid, toda España asistió a un espectáculo político bochornoso que empezó con la confrontación entre democracia o fascismo, por un lado, y libertad o comunismo por otro, en una guerra de dicotomías y crispación protagonizada por partidos y candidatos.

Fue una campaña tan grosera como falta de propuestas para los madrileños y marcó el regreso al lenguaje guerracivilista que criminaliza al adversario por sus ideas, reabre heridas, agranda la fractura social y mina la convivencia. En este escenario electoral reaparecieron viejas formas de desprecio y odio en el que los políticos, unos más que otros, se apedrean dialécticamente en lugar de intentar dialogar.

Es muy difícil sustraerse a este nuevo modo de hacer política en el que todos, infectados de populismo, han conseguido que la sociedad madrileña y española se divida en bloques e identidades, entendidas en su sentido más pernicioso. Eso explica que el clima de intolerancia y falta de respeto llegara a la red y a tertulias de analistas que, como algunos candidatos, hicieron un retrato apocalíptico de Madrid, como si el gobierno de la comunidad estuviera sesteando y nada tuviera que ver con los buenos datos económicos.

Otra consecuencia es la desafección de la gente, desengañada de la política y desencantada con esta democracia degradada por los políticos, lo que es muy peligroso. "No está lejos el día en que de esa bronca tabernaria salte una chispa imprevista que provoque un motín ciudadano con el consiguiente baile de garrotazos", escribió Manuel Vicent.

Nos ha costado mucho recuperar la democracia y la economía después de una dictadura infame y, añade el escritor, "empieza a resultar trágico que unos políticos de cuarta vengan a echar tanto sacrificio por la borda con su incompetencia y fanatismo". Que expresan sin pudor, con palabras gruesas en un lamentable duelo de insultos y agresiones.

En democracia se puede ser progresista o conservador, pero su primer principio exige ser respetuoso con los que están en otras posiciones ideológicas, lo que no ocurre ahora. El tono de la campaña madrileña, unido al bajo nivel humano e intelectual de estos políticos, es extrapolable y muestra la imposibilidad de llegar a los acuerdos básicos que necesita España para salir de esta crisis sanitaria y económica. Una pena.

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