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Amenazas a la democracia

EL PRESIDENTE Sánchez advirtió en la Asamblea de la ONU que "la democracia está amenazada" incluso en los países más desarrollados y llamó a cuidar y proteger esta conquista, la única alternativa frente a cualquier deriva totalitaria e intolerante. 

Tal como está el mundo, tiene razón. Pero en España las amenazas a la democracia ya no las causan las asonadas, ni provienen solo de los totalitarismos excluyentes o de populismos involucionistas. Esas amenazas aparecen en hechos y dichos protagonizados por quienes se presentan como sus abanderados que conculcan los principios del que Churchill calificaba como "el menos malo de los sistema políticos".     

Por eso el presidente, además de discursear mirando al mundo, debería volver la vista al interior de España donde se dan comportamientos que atentan contra el marco jurídico que sustenta a la democracia misma. 

Los viejos profesores decían que "lo dicho se ilustra con unos ejemplos". El primero, el fallo del Constitucional que consideró ilegales los dos estados de alarma y el cierre del Congreso durante la pandemia. Es decir, el Gobierno instaló a España en la inconstitucionalidad largos meses quebrantando los derechos de los ciudadanos que debe respetar una democracia plena. 

Hay más ejemplos de actitudes que expresan un retroceso en la democracia. Como el choque entre el Congreso, el Gobierno y la Judicatura a cuenta de la ejecución de la sentencia para retirar el acta al diputado que pateó a un policía. O que una ministra del Gobierno acuse de prevaricadores a los jueces del Tribunal Supremo, una falta de respeto a la Justicia, tercer pilar de la división de poderes.   

Poco compatible con la democracia es la manifestación de San Sebastián en apoyo a los presos etarras en la que participaron representantes de los partidos que apoyan al Gobierno y quieren derribar el Estado. O que el ministerio de Igualdad se convierta en agencia de colocación y acoja como asesora a una condenada por agredir gravemente a una mujer que cumplía con su deber de policía.  

Tiene razón el presidente: hay que cuidar la democracia que es frágil. Pero no es la mejor forma de hacerlo huir del control del Parlamento, debilitar las instituciones, cuestionar la división de poderes, eliminar la transparencia y mentir, ocupar instituciones y empresas públicas con criterios de partido, negar legitimidad al adversario… 

Hechos como estos, que ocurren aquí, devalúan la democracia que degenera en un régimen opaco y con modos autoritarios que se ampara en el sufragio universal. Así actúan los gobiernos populistas.  

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