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Objeción de conciencia

EL DIRECTOR Terrence Malick, regresa a lo grande con una extraordinaria película Vida oculta, que narra la historia real de Franz Jägerstätter. Un campesino austríaco que con la llegada de Hitler decide convertirse en objetor de conciencia y no luchar en la 2ª Guerra Mundial, lo que le condenará a muerte. Un filme hermoso, con imágenes que conmueven y con un uso de la música y un acercamiento a las relaciones humanas realmente bello. Más allá de la historia que nos cuenta, Malick pretende reflexionar y poner en valor la objeción de conciencia del protagonista y de cómo la resistencia de un solo ser humano, pueden influir en las personas de alrededor. Las palabras instruyen pero los ejemplos arrastran.

Una definición genérica de la objeción de conciencia es la que nos dice que es el rechazo al cumplimiento de determinadas normas jurídicas por ser éstas contrarias a las creencias éticas o religiosas de una persona. La proliferación de conflictos entre conciencia y ley es cada vez más acentuada en el panorama jurídico, y aunque intrínsecamente la objeción de conciencia podría parecer un problema ético, en la práctica se trata de uno jurídico.

Ante este problema jurídico existen dos posturas extremas que oscilan entre: un iusnaturalismo que presenta la objeción de conciencia como un derecho básico y universal, y un iuspositivismo que niega su existencia como derecho salvo en los casos que la ley lo establece explícitamente. Asimismo, tanto en la sociedad como en la vida nos encontramos con quienes, como Hamlet, no son capaces de soportar el peso de sus convicciones y, por el contrario, quienes ante situaciones que golpean su conciencia individual, prefieren no actuar contra ellas.

Al decir que la objeción es "de conciencia" se alude a su carácter individual y concreto. De ahí que en la objeción de conciencia corresponda solo al propio implicado la última palabra sobre cómo actuar. El presidente Obama afirmaba que "los radicales se equivocan cuando piden a los creyentes que dejen su religión en la puerta antes de entrar en el foro público. De hecho, la mayoría de los grandes reformadores de la historia estadounidense no solo estaban motivados por la fe, sino que utilizaron repetidamente el lenguaje religioso para argumentar en favor de su causa. Así que decir que los hombres y las mujeres no deberían inyectar su moralidad personal en los debates de política pública es un absurdo en la práctica. Nuestra ley es, por definición, una codificación de la moral, de base judeocristiana".

Sófocles describe magistralmente la objeción de conciencia en su tragedia Antígona. En esta, la protagonista, desafía a su tío el Rey Creonte y da sepultura a su hermano que había sido condenado a quedar insepulto por traidor. La explicación que nos da es muy clarificadora: "Violé la ley, de ello me enorgullezco, porque en ello está mi identidad moral. No me oculto del castigo, que por ley me toca, porque en ello está mi identidad ciudadana".

En resumen, hay que recordar que los objetores no promueven la desobediencia ni son disidentes, solo ejercen un derecho individual (deber de conciencia) que debe ser tutelado y protegido por las propias leyes.

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