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Licencia para prohibir

Valle-Inclán vivió demasiado pronto, de haberlo hecho hoy tendría mucho material para su género sarcástico: el esperpento. Si ya fue un disparate convertir la antigua Secretaría General de Sanidad y Consumo en ministerio, mayor aún lo fue poner al frente a Alberto Garzón. Tras dos años ha destacado por su inactividad, ineficiencia, sectarismo y disparates constantes. Pensando cómo justificar su sueldo y en su afán por dar lustre al ministerio creado ad hoc para sus políticas posaderas, no crean que se le ha ocurrido cómo bajar la factura de la luz, del gas, del butano, o de la cesta de la compra, no, eso ya se lo deja a otros. Su última y brillante idea es prohibir la publicidad de dulces, helados y bebidas energéticas para los menores. 

En cualquier caso, el amor del ministro por la comida sana, su rechazo por los chuletones y los dulces debe ser reciente, porque a los 270 invitados a su boda hace cuatro años no les ofreció ni el trigo ni las hortalizas que ahora patrocina, sino más bien otras viandas como bogavante, solomillo ibérico, langostinos con salsa americana y pirámide de chocolate con helado de vainilla.

Que hay un problema de obesidad infantil es indudable, pero pregúntense por qué. Igual no todo es culpa de la bollería industrial ni de las bebidas energéticas y de sus malvados anunciantes. Igual en muchas casas no se puede comer otra cosa que patatas e hidratos de carbono, ni se pueden hacer zumos naturales. Igual merece la pena repensar esto, sin criminalizar a nadie y sin cargarse las libertades individuales. Evitar los alimentos procesados está más que justificado por la epidemia de obesidad que afecta a los menores en occidente, pero eso no puede ser la excusa del Gobierno para obviar que el Estado no está para controlar todos los aspectos de la vida humana, sino para prestar aquellos servicios que los ciudadanos por sí solos, de forma individual, no son capaces de cubrir. 

Al Gobierno le preocupan ahora las chuches. A otros nos preocupan más las advertencias de apagones de Austria, que Argelia cierre ‘nuestro’ gasoducto o que Rusia sea la dueña del gas de Europa 


¡Es más fácil prohibir que educar! ¡Es mejor limitar los derechos que trabajar para que se tenga claro que un refresco no es malo, pero veinte al día sí! ¡Es mejor prohibir y depender del criterio de papá Estado, que tener criterio propio!  

Esta actitud responde a la vieja querencia de la izquierda más dogmática por la ingeniería social. Tratan de imponer su visión del mundo como si fuese moralmente superior y la única válida, moldeando la conciencia de los ciudadanos en base a sus principios, hábitos y costumbres. De esa reeducación nacerán las generaciones forjadas por Garzón y sus compañeros de Gobierno: muchachos que podrán hacer el bachillerato en tres cómodos años, que pasarán a Selectividad con un suspenso, o a los que no se podrá agobiar pidiéndoles que estudien por si se frustran. Eso sí, no tomarán dulces, bebidas energéticas o helados. 

Al Gobierno le preocupan ahora las chuches. A otros nos preocupan más las advertencias de apagones de Austria, que Argelia cierre nuestro gasoducto, o ver cómo China compra todo el carbón posible, o Rusia sea la dueña del gas de Europa. A este gobierno de Chiquitos de la Calzada más que de Adenauers, no parece gustarle mucho los bollycaos, las gominolas, o las palmeras de chocolate y cambia las prioridades: ¿marihuana? Sí, claro, ¿bocadillos de Nocilla? Eso no.

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