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Libertad de expresión

DETESTO LO que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. Es una de las citas más célebres de la historia, que por error se atribuye a Voltaire, aunque realmente pertenece a una de sus biógrafas, Evelyn Beatrice Hall ('Los amigos de Voltaire', 1906), que todos hemos citado en alguna ocasión, pero que practicamos poco.

La libertad de expresión es un arma de doble filo que sirve igual para defender las propias opiniones, por aberrantes que sean, como para atacar las del contrario. Si un deportista defiende públicamente que en España existen presos políticos, es libertad de expresión, pero si otro lleva la bandera de España en sus zapatillas, se le acusa de exaltación del franquismo. Si un cómico insulta al Apóstol o a la Virgen María en Santiago de Compostela, o si en un desfile del orgullo gay se ridiculiza y ofende a la religión católica, es libertad de expresión, en cambio, si los obispos exponen su opinión contraria a la ley del aborto, se convierten en intolerantes y misóginos.

En tiempos de posverdad, blasfemias públicas, fake news y apogeo de las redes sociales, parece oportuno reflexionar sobre el uso y límites de la libertad de expresión, lo que es objeto de debate frecuentemente y que debería partir de diferenciar bien entre esta y la provocación premeditada.

De palabra, por escrito, o en las redes sociales, los insultos, las amenazas, las expresiones zafias y groseras se han instalado en el lenguaje normal, se ha abierto la veda y ya todo vale. Y lo que es peor, a menudo, (sin ir más lejos ha pasado en Santiago estos días), se alega la libertad de expresión personal para justificar que se pueda ridiculizar o hacer “mofa y befa” de las ideas o creencias ajenas.

Y aquí surge la cuestión ¿cuál es el límite de la libertad de expresión y si puede ser esta un comodín para insultar, ofender, o burlarse?

La sociedad en general y los sistemas jurídicos (nuestra Constitución lo hace en su art. 20), afirman que la libertad de expresión es un derecho clave que ha de convivir con otros y por tanto no tiene la capacidad de invocarse para vejar o mancillar a los que no piensen o actúan como uno. Opinar es un derecho y respetar un deber, así, toda libertad exige una cuota de responsabilidad. Entre el derecho a poder expresar ideas y el deber de respetar a los demás se halla la libertad. Sin embargo, algunos se escudan en la libertad de expresión para vulnerar derechos fundamentales y libertades públicas, sobre todo en lo relacionado con la religión, olvidando que la libertad ideológica, religiosa y de culto también se recoge en la Constitución (art. 16).

Ciertamente la libertad de expresión no debería alegarse para menoscabar la dignidad de las personas y ofender sus convicciones más profundas. Esto siembra la semilla de la violencia y no justifica relegar a la religión a un blanco fácil de burlas y discriminación, y ya que no existe el derecho de ofender, el que no cree simplemente debería respetar.

En una sociedad democrática ha de prevalecer el equilibrio entre el respeto a las creencias religiosas personales y la libertad de expresión, evitando así la colisión entre ambos derechos lo que favorece la convivencia. Porque como afirmó el filósofo y Nobel de Literatura Jean Paul Sartre, “Mi libertad termina donde empieza la tuya”.

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