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La soledad

LA CRUEL soledad parece de nuevo preocuparnos tras la decisión de la premier británica Theresa May de crear una Secretaría de Estado, dependiente del Ministerio de Cultura, Deporte y Sociedad Civil, para tratar este problema que afecta a 9 millones de británicos. Otros países como Dinamarca han creado también programas para concienciar al público, fomentar un mejor conocimiento de sus consecuencias y mejorar las políticas para abordarla.

Nuestro país tampoco es ajeno a este mal. Las transformaciones sociológicas que hemos vivido, con la pérdida de peso de las redes familiares, las nuevas formas de ocio (sobre todo de los jóvenes), y el envejecimiento de la población, son algunas de las circunstancias que han influido en que 4 millones de personas se sientan solas, de las que 3,3 millones viven solas porque no les queda más remedio. 

La soledad se ha convertido en un problema social, que como apunta Gustavo García, coordinador del informe sobre el Estado Social de la nación recientemente presentado por la Asociación Estatal de Directores y Gerentes en Servicios Sociales, “es una bomba de relojería, uno de los problemas graves de nuestra sociedad. Somos un país con buen capital relacional pero esto se está perdiendo poco a poco”.

Cualquiera puede padecer soledad crónica, un chico de 12 años que se cambia de colegio, el que crece en un pueblo y se siente perdido en la ciudad, o el anciano viudo con dificultades de movilidad que apenas sale de su casa. 

A pesar de que la generalización del sentimiento de soledad es asombrosa, muchas veces el peligro no es la propia soledad, sino el aislamiento, el encerrarse uno sobre sí mismo, quizás por no soportar a los demás. No deja de ser paradójico como muchas personas se aíslan voluntariamente escuchando música en sus teléfonos a cualquier hora y en cualquier lugar, o volcando su atención obsesivamente en videojuegos y televisión. 

La escritora Carmen Martín Gaite escribe que, “la necesidad humana de compartir cosas es evidente”, y un estudio sobre la soledad de la Universidad de Brigham Young en Utah lo refrenda, afirmando que dejar esa necesidad insatisfecha tiene una notable repercusión en la salud, que algunos expertos afirman que dispara las probabilidades de mortalidad en un 26%, por el aumento de la tristeza y la pérdida de autoestima, que hace que la persona salga menos, se retrotraiga y no tenga ganas de hacer cosas, lo que afecta a su estado físico.

La soledad tiene además un coste económico para el Estado. Diez años de soledad de una persona mayor, según la London School of Economics, suponen para las arcas públicas un sobrecosto económico de 6.000 libras (6.800 euros), en sanidad y servicios sociales y por el contrario, cada euro invertido en prevención genera tres de ahorro.

Vivimos en la “era del vacío”, en una sociedad materialista, consumista e individualista que ha trastocado los valores, donde la soledad se manifiesta como una de las enfermedades de su alma. No sé si se puede evitar con una Secretaría de Estado, pero resulta clave que las instituciones públicas tomen conciencia de este auténtico drama. Revertir la situación en la que se encuentran esencialmente nuestros mayores, sólo será posible mediante un cambio de actitud por parte de todos, familiares, vecinos y administración. 

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