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El impuesto de los pobres

La inflación es un impuesto que perjudica a los más pobres, porque consiste en que con el mismo dinero cada vez se pueden adquirir menos bienes y servicios y los ahorros se reducen a la vez que aumenta el coste de la vida. A lo largo de la historia esto se ha traducido en desigualdad, estancamiento social y pobreza. 

En nuestro país, los precios son ya un 5,5% más altos de lo que eran hace un año, lo que supone el mayor incremento del índice de Precios de Consumo (IPC) desde 1992, haciendo que el promedio de 2021 se sitúe en el 2,5%, muy por encima de la expectativa del 0,9% que pronosticó el Gobierno y del objetivo de estabilidad de precios del 2% marcado por el Banco Central Europeo. El dato del Instituto Nacional de Estadística (INE) es peor de lo esperado por la mayoría de los expertos y se viene a sumar a los funestos vaticinios del Banco de España, que prevé un nuevo máximo en noviembre.  

El origen del problema se encuentra sobre todo en el alza de los precios de la electricidad y en menor medida también de carburantes y gas. Esto sucede por las prisas a la hora de ejecutar una transición energética prematura, que renuncia a la energía nuclear y apuesta por las renovables, cuando estas son todavía incapaces de cubrir las necesidades de una economía desarrollada como la española. 

Si la subida del IPC es mala para todos, para los países más endeudados es peor, por tanto, para España, que lidera el ranking de déficit y deuda, su posición se vuelve singularmente vulnerable. 

Junto al crecimiento económico y a la lucha contra el desempleo, el control de la inflación debe ser uno de los principales objetivos económicos, por lo que no parece que sea el mejor momento para los experimentos de socialismo radical de Pedro Sánchez y Yolanda Díaz, empeñados en sembrar de bombas el camino de la economía española. Así, el acuerdo para revalorizar las pensiones conforme al IPC, sin pacto de sostenibilidad, la subida del 2% del sueldo de los funcionarios y derogar la reforma laboral para empoderar a los sindicatos, suena a chiste macabro y vuelve insostenibles unos Presupuestos ya de por sí irresponsablemente expansivos.

Crecemos muy por debajo de lo previsto, lo que no pasa desapercibido en Europa, que difícilmente seguirá tolerando que sigamos mirando para otro lado, como si esta crisis no fuese con nosotros, porque el endeudamiento español no se produce sólo a costa del futuro nivel de vida de nuestros jóvenes, sino también del resto de los jóvenes europeos.

El horizonte es negro y el Gobierno de las dádivas electoralistas a funcionarios, jóvenes y pensionistas, tiene que dejar de actuar en función de sus fantasiosas previsiones y descender a la realidad. Sus políticas asistencialistas y populistas no sirven para avanzar hacia una sociedad más inclusiva, menos desigual y con más oportunidades, sino que precisamente sólo castigan a los que menos tienen, que ven como con sus sueldos no llegan a fin de mes. Hay decisiones que se pueden tomar, como por ejemplo contener los impuestos, que en esta coyuntura solo sirven para frenar el crecimiento y retrasar la recuperación. 

El impuesto de los pobres
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