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Crece la diáspora

El último Padrón de Españoles Residentes en el Extranjero (Pere), del Instituto Nacional de Estadística, confeccionado a fecha de 1 de diciembre de 2019, concluye que hay gallegos inscritos en 143 países del mundo, o lo que es lo mismo, solo quedan 51 naciones para el pleno. La ausencia de compatriotas se encuentra fundamentalmente en África, donde no hay presencia oficial en las Comoras, Eritrea, Benín, Lesoto o Suazilandia y otras once naciones más. Lo mismo ocurre en Asia en puntos como Mongolia, Corea del Norte, Bután o Yemen; en Oceanía en Tonga o Tuvalu, por ejemplo; en América en Surinam y Santa Lucía, o en Europa en Albania o Moldavia. Hay presencia en solitario de un único gallego en Birmania, Sri Lanka, Sierra Leona, Laos, Brunéi, San Cristóbal y Nieves y Belice. 

El análisis del Pere constatan una evolución a la baja de los gallegos residente en Galicia (nacidos e instalados aquí) son 15.382 menos en el último año. La colectividad radicada en otras autonomías también se ha reducido en otras 25.288 personas. Y por último, los que viven en el extranjero son al mismo tiempo menos y más. Son menos los que viven en otros países y que nacieron aquí, pero son más los descendientes de los emigrados que, nacidos ya fuera, han adquirido la nacionalidad a través de la transmisión de sus padres y abuelos. 
De nosotros se dice que «estamos en todas partes» y que tenemos fama de «aventureros», y hay razones históricas para pensarlo, porque fueron miles los que tuvieron que abandonar Galicia, bien por razones económicas o de trabajo, bien por razones políticas, lo que asentó las bases de nuestra presencia en el mundo.

A pesar de que para casi todos ¡como en Galicia en ningún sitio!, los deseos de retorno se enfrían por falta de oportunidades

La diáspora comenzó en el siglo XVIII, con la salida de miles de personas a trabajar como jornaleros a tierras andaluzas, castellanas y portuguesas. Entre 1860 y 1936 las salidas tienen con destino Cuba, Argentina y Brasil. Esta emigración, mayoritariamente masculina, deja aquí mujeres y niños, «as viudas de vivos e as viudas de mortos» de Rosalía. Tras la Guerra Civil se cierran las fronteras a la emigración durante unos años, pero ya en la década de los cincuenta se reanuda hacia Argentina y, un nuevo destino, Venezuela. Al tiempo que también se dirige a Centroeuropa (Reino Unido, Francia, Alemania y Suiza), y a las grandes zonas industriales de España (Cataluña, Euskadi y Madrid).

En la actualidad las cosas han cambian pero tampoco tanto. Seguimos buscando fuera lo que aquí no tenemos, y a pesar de que para casi todos ¡como en Galicia en ningún sitio!, los deseos de retorno se enfrían por falta de oportunidades.

Según un estudio del portal Global Galicia que pretende evaluar la calidad de vida de los gallegos en el extranjero, la mayor parte de los entrevistados (el 86 %) admiten que el salario que perciben les permite llevar una vida mejor a la que podrían tener aquí, y a pesar de que el nivel de vida es más caro, sus rentas más altas les permiten subsistir mejor. Asimismo el 58 % presumen de tener una mejor conciliación y flexibilidad laboral en sus países de destino.

No es malo que haya gallegos en tantos países del mundo, incluso en la Luna como cantaba Zapato Veloz allá por los años 90, pero las administraciones han de trabajar para crear las condiciones óptimas que permitan regresar a los que quieran hacerlo. Por ellos y por nosotros, porque Galicia necesita ese caudal humano para construir un país con futuro.


 

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