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El vuelo infinito de los vencejos

Los vencejos se deslizan como magistrales patinadores aéreos, aceleran, planean, quiebran con una facilidad pasmosa

POR MUCHO que se insista, nunca es bastante. Lo de los vencejos —el grueso de cuyos efectivos nos acaba de dejar camino de sus africanos cuarteles de invierno— es algo tan sorprendente que parece increíble, una fantástica invención. Que toda su vida transcurra prácticamente en vuelo, salvo para criar. Que se alimenten, se apareen y duerman en el aire y puedan pasar meses y aun años sin posarse. Que si por accidente caen al suelo están condenados a morir, pues sus largas alas y sus débiles patas (Apus apus, sin pies, es su nombre científico) les hacen imposible tomar el impulso necesario para remontarse, a no ser que una mano caritativa los levante y lance al aire. Que todo eso esté rigurosamente probado y comprobado es una de las maravillas de la naturaleza.

Además, los vencejos nos ofrecen el continuo espectáculo de su acrobático y rapidísimo vuelo. Se deslizan como magistrales patinadores aéreos, aceleran, planean, quiebran con una facilidad pasmosa. Quien no haya pasado horas contemplando tal ballet celeste no sabe lo que se ha perdido. Y al hablar de esto siempre me acuerdo de mi padre, apostado en el observatorio que había montado en la buhardilla de casa, una escotilla mirando al parque, la otra a las torres de la catedral. En mayo, junio y julio —los meses de los vencejos— subía cada tarde con sus prismáticos y observaba. Ahora mismo tengo en las manos sus minuciosas y valiosísimas anotaciones de uno de los mejores lances al que puede asistir un ornitólogo, la caza de los vencejos por el alcotán.

El alcotán (Falco subbuteo), visitante estival por estas latitudes, es una réplica más pequeña del halcón peregrino (Falco peregrinus). Menos potente y explosivo, su vuelo es en cambio más ágil y completo. Tanto que es el único depredador capaz de dar caza a los acrobáticos vencejos, tarea que se antojaría imposible a cualquiera que se haya fijado en su dominio del medio aéreo. Para su hazaña, el alcotán se vale —según las anotaciones paternas— de varias tácticas, desde el ataque por sorpresa o ‘al descuido’ hasta el agotamiento de la presa tras enconada persecución. Quizá sea una pena que no se hayan publicado estas notas de hace casi medio siglo. Pero a mi padre solo le importaba el placer y el entretenimiento que le proporcionaban sus observaciones. Y sin moverse de casa, tenía en verano a los vencejos y al alcotán y, en invierno, los fulgurantes ataques del halcón a los estorninos. ¿Para qué más?

Otro entusiasta admirador y atento seguidor de los vencejos es Manolo Calvo, que me informa puntualmente de sus movimientos, de su fecha de llegada y de partida. Por cierto, ¿hay algún lucense que no haya tomado ‘illo tempore’ una o muchas cañas en el bar Calvo? Pues nada, Manolo, se acaban de ir nuestros amigos los vencejos. Pero volverán el mayo próximo y aquí estaremos esperándolos.

El vuelo infinito de los vencejos
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