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Por tierra, mar y aire

AHORA QUE se acaba el puente y era época de regreso de cualquier viaje en los buenos tiempos. Ahora que no podemos viajar, acogotados por el covid-19, las restricciones y el desánimo. Ahora hay que intentar escapar de tan penosa situación, aunque solo sea con el recuerdo. Por cierto, Paisajes del recuerdo titulé el libro que reúne varias de mis crónicas viajeras, así que casi fui premonitorio, pues a esos lugares quiero volver ahora, evocándolos desde el forzoso parón que el coronavirus ha supuesto en nuestros movimientos, en realidad en toda nuestra vida.

He sido esencialmente un viajero terrestre, de coche. Viajes infinitos por la inacabable España, tan variada en paisajes como un continente, desde bosques a desiertos, desde llanuras a montañas. Y esos pueblos, esas ciudades, esos castillos, esa riquísima fauna: imposible abarcarlo todo. Pero también viajes de larga distancia, como el recorrido por el Oeste americano, el mes de Escocia o la vuelta a casi toda Italia, Sicilia incluida. En cambio, casi no utilicé el tren, y mira que, en teoría, me atrae. El recorrido ferroviario que más prometía era el de Moscú a San Petersburgo, pero ofreció muy poco, llanura y monotonía. Ah, bueno, y el acercamiento desde Cuzco a Machu Picchu, uno de los destinos más míticos del mundo mundial.

Tampoco los barcos han sido mi especialidad. Un recorrido fantástico por las islas griegas, cuando los barcos de los cruceros aún no eran monstruosos mastodontes, y otro, ya masificado, por el Báltico, pero que me permitió visitar una zona y unas ciudades que no conocía. Con los barcos me pasa como con el tren, me gustan, pero me resultan un tanto ajenos, un tanto inadecuados a mis costumbres viajeras de pequeños desvíos y caprichosas paradas a la buena de Dios.

A los aviones les tengo miedo, así de claro. Si un coche se para, yo sé andar; si lo hace un barco, sé nadar; pero si se detiene un avión, no sé volar. De todas maneras he cruzado tres veces el Atlántico, una a Estados Unidos, otra a Cuba y otra a Perú. Concretamente el viaje norteamericano fue de órdago. Llegada a Nueva York para enlazar, con la lengua fuera, hacia San Luis y allí correr por un inacabable aeropuerto a coger el enlace a Salt Lake City. Unas diecisiete horas que no sé como resistí. Pero lo más impresionante que hice por aire fue en la avioneta que me llevó al Monument Walley de John Ford y John Wayne, para después tener la experiencia de sobrevolar el Gran Cañón del Colorado, lo más brutal que he visto nunca. Y aterrizar, por fin, en esa enloquecida y única ciudad que es Las Vegas.

Por tierra, mar y aire. Moverse, visitar, ver. ¡Tiempos aquellos! Y no estos de confinamientos y cierres perimetrales: miseria

Por tierra, mar y aire
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