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Salvador Illa como síntoma

NO ME gusta llamar sanchismo a las cosas de Sánchez, de Pedro Sánchez, pero ese es el nombre que se suele utilizar. Y no me gusta porque el sanchismo, opuesto al quijotismo, es la manera de ser de Sancho Panza, de más categoría y mucho más digna de aprecio que la del presidente del Gobierno, lamentable hasta límites difíciles de tragar, aunque muchos tragan sin problema y hasta con gusto. Quizá el término a emplear sería sanchezismo, pero no se utiliza y por eso suena raro y duro. Todo es empezar, así que con sanchezismo empiezo el siguiente párrafo y lo que es el verdadero artículo.

Y síntoma del peor (todo es malo) sanchezismo es el recientemente anunciado relevo de Salvador Illa como ministro de Sanidad, en pleno ascenso de la pandemia del coronavirus y con muy negras perspectivas en el horizonte. Es como cambiar al capitán de un barco en pleno temporal. O como cambiar al jefe del ejército en lo más encarnizado de la batalla. Una barrabasada, que solo se justificaría por la manifiesta incompetencia del sustituido, del sustituidor o de ambos. Yo no sé si Illa es un incompetente (creo saberlo, aunque me lo callo aquí), pero sí sé que para Sánchez no lo es, sino todo lo contrario. Y sin embargo lo cambia, con los contagiados por covid-19 disparándose de día en día y los muertos alcanzando cifras de espanto. Lo cambia porque, para él, el ministro de Sanidad vale mucho y lo quiere en otro puesto.

Nada puede haber que se aproxime en importancia a esta pandemia, nada más importante para España (de cuyo Gobierno Sánchez es presidente) y los españoles, tan duramente golpeados. Pues nada, se cambia a Illa ¡para hacerlo candidato de los socialistas en las próximas elecciones catalanas, sustituyendo al bailón Iceta! Ahí queda eso. Parece que la escala de valores del sanchezismo es: primero yo, mi partido, los que me apoyan y después lo demás. O como dijo aquel (aquel era Luis XV de Francia): después de mí, el diluvio.

Pero Illa no es inocente en este despropósito. Primero, por aceptar abandonar el barco en medio del huracán, aunque ya se sabe que quien manda manda, onde hay patrón non manda mariñeiro y el que se mueve no sale en la foto. Por eso es muy importante tener un jefe en cuya integridad política y ética se confíe plenamente, porque sus faltas o defectos acabarán inevitablemente contaminando a sus subordinados. Por ejemplo yo, aunque Sánchez me lo ofrezca, no aceptaré el cargo que Illa va a abandonar, faltaría más. Porque, como dijo el otro (el otro era Méndez Núñez), más vale honra sin barcos que barcos sin honra. Y además Illa se hartó de mentir, hasta el día anterior a hacerse público su relevo, insistiendo en que él no iba a ser el candidato socialista en Cataluña.

No sé cómo no les da vergüenza, aunque solo sea un poquito.

Salvador Illa como síntoma
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