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Paz y concordia

La paz de Zapatero y la concordia de Sánchez. Hay que ver la descarada manera en que se utilizan palabras en principio nobles para espurios fines políticos

Si son ustedes socialistas y hubiese, como hubo y habrá, unas elecciones primarias en el PSOE, pregúntenme cuál de los dos candidatos finalistas es mi preferido. Y voten al otro, sea el que sea y por malo que les parezca. Porque el mío es peor. Lo digo con pesar y por amarga experiencia. Recuerdo o creo recordar que Zapatero se enfrentó a Bono y yo me dije que Zapatero parecía mejor, porque no lo conocía. Y ya ven lo que salió. Mis dotes visionarias volvieron a manifestarse en todo su esplendor cuando Sánchez se enfrentó a Madina y yo pensé que antes que Madina cualquier cosa. Y ahí está la cualquier cosa, agarrado a cualquier cosa para seguir estando en el machito, en el Gobierno. Vaya en disculpa de mi miopía política que es difícil imaginar que en un partido no marginal, en uno de los dos grandes partidos españoles, haya dos candidatos como Zapatero y Sánchez, de su categoría, su talante y su talento. ¡Ay, tiempos aquellos de González, Guerra y demás! Si cualquier tiempo pasado fue mejor, en el caso de los socialistas, ya no es que fuera mejor, es que era otro nivel, otra dimensión, otra galaxia.

Esta confesión viene a cuento de que cada vez se me parecen más ambos personajes, aunque a Sánchez ya lo calé nada más verlo un poquito, muy poquito me bastó. Parecía difícil superar en lo negativo a Zapatero, pero así es. Ahora Sánchez sigue pagando sus deudas con los independentistas catalanes y parece que va a indultar a sus presos, presos con todas las garantías legales y por muy graves delitos en cualquier estado de derecho. De nada va a servir que el Tribunal Supremo haya rechazado radicalmente esa medida de gracia: Sánchez paga sus deudas, qué remedio si quiere —y vaya si quiere— seguir de presidente. Los suyos intentan colar que es en aras de la concordia hispano-catalana y esa palabra, concordia, parece que va ser el clavo al que se agarren. Exactamente lo mismo que cuando Zapatero se metió en tejemanejes con Batasuna-Eta, según él por la paz, y llamó a Otegui hombre de paz, por llamar que no quede.

La paz de Zapatero y la concordia de Sánchez. Hay que ver la descarada manera en que se utilizan —iba a decir se prostituyen— palabras en principio nobles para espurios fines políticos. Por supuesto que no es ninguna novedad y hay miles de casos de lo mismo en la Historia, tanto antigua como próxima. Pero estos dos, a nuestro pequeño nivel, pueden servir de ajustados ejemplos. La paz y la concordia no se pueden conseguir ignorando o menospreciando los dictámenes, ni siquiera las opiniones judiciales. Lo que se consigue así, poniendo la razón o conveniencia política por encima de otras consideraciones es, entre otros graves daños, sembrar la duda y la desconfianza del honrado ciudadano de a pie en sus gobernantes. Antes Zapatero, ahora Sánchez. ¡Qué dos!

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