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Paz para el lobo

Este artículo, básicamente y mutatis mutandis, lo he escrito ya varias veces, casi desde que empecé como columnista hace la friolera de cuarenta años. También es el tema que me ha valido más polémicas. Y pasadas cuatro décadas tengo que seguir pidiendo lo mismo: paz para el lobo. Nuestro animal más poderoso y mítico merece ser conservado, me atrevería a decir que mimado, como lo que es, un importantísimo valor ecológico y cultural. Cultural, porque todo lo mítico es cultura, honda cultura. Matar lobos por diversión, con el pretexto de acabar con los perfectamente asumibles (asumibles por la Administración) daños que puedan causar, es una barbaridad igual o mayor que, por ejemplo, destruir iglesias románicas porque su mantenimiento causa muchos gastos.

Desde un punto de vista biológico, el lobo está en lo más alto de la pirámide ecológica de nuestra naturaleza, en cierta manera es su elemento clave. Por ello, su presencia —una presencia no meramente testimonial, sino activa e influyente— asegura el equilibrio de los animales salvajes que de él dependen, en realidad todos por el efecto cadena que regula las relaciones entre las especies. Si se atenta contra ese eslabón básico, se está atentando contra toda la naturaleza, provocando su debilitamiento y su desequilibrio, palabra esta que está en el origen de toda la decadencia medioambiental, como se puede comprobar dramáticamente con el llamado cambio climático.

Y —last but not least— queda la razón ética. Matar cualquier animal —siempre el que va a perder, siempre el indefenso ante nuestra saña— es un acto reprobable, un pecado mortal hablando en términos religiosos. Pero cuando ese animal es de la categoría del lobo, la repulsa crece y el pecado es imperdonable. Porque el lobo es fuerte, es hermoso, es inteligente y tiene una compleja organización social. Me atrevería a decir que está a nuestra altura, superándonos en muchas características, aunque desde luego no en una: la crueldad de matar por diversión, sin necesidad. Sin necesidad, porque repito que sus daños —los que realmente causa— son perfectamente asumibles por la Administración, que los debe compensar tras el debido control, pero rápidamente y sin engorrosos trámites para el damnificado.

Otro artículo defendiendo a esa maravillosa criatura que es el lobo. Pero esta vez con la esperanza de que sea el último. Porque parece que por fin el Gobierno de España —bravo por la ministra Teresa Ribera— va a decretar la prohibición de cazar lobos, lo cual obviamente no implica que no se lleve un control científico y respetuoso de sus poblaciones. La Xunta —qué rabia y qué pena— ya ha puesto el grito en el cielo y mostrado su cerril oposición a esta decisión tan cultural, ecológica y ética.

Paz para el lobo.

Paz para el lobo
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