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De pandemias y elecciones

Sánchez me cae mal por mil cosas, pero no conocía su cobardía política

SI TUVIERA que resumir en dos palabras la impresión que me causa lo que aquí voy a comentar, esas dos palabras serían pasmo y bochorno. Quizá pudiera añadírsele una tercera, desánimo, consecuencia de las otras dos. Me cuesta trabajo creer que hayamos llegado a esto, de ahí el pasmo. Me da vergüenza, vergüenza ajena sobre todo, lo que está pasando, por eso el bochorno. Y el desánimo viene de que no hay reacción de la gente ante hechos tan lamentables; o sea, que nos los merecemos. Pero bueno, vayamos concretando.

Es poco menos que de juzgado de guardia que, en plena cresta de la pandemia, Sánchez cambie al ministro de Sanidad para hacerlo candidato de su partido en las elecciones catalanas. Porque no lo cambia por manifiesta inutilidad en la lucha contra el covid-19, sino porque vale mucho —según él— y prioriza el éxito electoral socialista sobre la catástrofe que está sufriendo España. E Illa acepta y se va a su nuevo cometido sin rendir cuentas, casi sin explicaciones sobre tantos enfermos y muertos, siempre España en el pelotón de cabeza de la pandemia, en la primera, le segunda, la tercera ola y la que venga. ¡Qué tíos, Sánchez e Illa!

¡Y qué tíos los futuros votantes catalanes! Porque, según las encuestas —y de ahí el desembarco como candidato del exministro de Sanidad— Illa aumentaría sustancialmente los votos socialistas. ¡Asombroso! Un fracasado —no hay más que mirar los resultados de su gestión— está valoradísimo: el mundo al revés y la gente p’allá. Parece que tal valoración viene de que aparenta ser una persona educada y moderada. Entonces, en esta España de hoy y con esta ciudadanía de hoy, basta con eso para aspirar a lo que sea, quedando los méritos o fracasos, digamos profesionales, olvidados. Y aun así tampoco lo entiendo. Porque si educación y moderación son cualidades tan esenciales, ¿qué explicación tienen los votos de Rufián o Iglesias? ¿Y qué hacen Sánchez, Illa y demás conchabados con ellos?

Sánchez me cae mal por mil cosas, pero no conocía su cobardía política, clamorosamente puesta de manifiesto con la pandemia. Un presidente de la nación que se oculta lo más posible ante una catástrofe, una emergencia nacional de este calibre, que deja en manos de las autonomías —lavándose las suyas— la caótica lucha contra tanta penuria, tanta enfermedad y tanta muerte, que apenas comparece para hablar del desastre y que jamás hace la menor autocrítica. ¿Para que la va a hacer si no está en su naturaleza y no pierde ni un voto? Que Pedro Sánchez no se haya hundido en la consideración de la gente (de la ciudadanía, según el cursi y rebuscado catecismo progre), que no esté sumido en el fondo de las encuestas es algo que rebasa mis cortas entendederas y que me hace abandonar toda esperanza de cambio.

Es lo que hay. ¡Buf

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