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Nostalgia de las procesiones

Prometo no cabrearme si perturban mi transitar en Zamora, Cáceres o en cualquier otro sitio al que —¡por fin!— haya vuelto de viaje o excursión

NO HE participado nunca en una procesión, ni recuerdo a nadie de la familia que lo haya hecho. Tampoco he visto muchas, más bien pocas. Como soy facha, mis preferidas son aquéllas en las que hay un desfile. Concretamente, en directo, la de la Esperanza de Lugo, con los marinos (va por vosotros, Alejandro y Santi) y, por la tele, la de los legionarios (va por ti, Antonio). Pero las procesiones eran más bien un estorbo en mis viajes habituales de Semana Santa, porque no pocas veces me impidieron el acceso al hotel por ciudades de España. Tales viajes, entre turísticos y ornitológicos, sí que marcaron a lo largo de muchos años esas breves vacaciones, fueron su mayor seña de identidad y los que las hacían más deseables. Doñana, Picos de Europa, algún lugar de Castilla y, sobre todo, Monfragüe, allá por Extremadura, entre Plasencia y Trujillo.

Pero lo que son las cosas. Aunque las procesiones me eran más bien indiferentes y ajenas, ahora que no hay las echo de menos. Me doy cuenta de que eran parte esencial de estas fechas, que sin ellas se desdibujan y pierden un indispensable referente. Por supuesto, estoy hablando desde un punto de vista digamos arreligioso. Las echo de menos porque, aunque no participase, sabía que estaban ahí, que su ritmo lento recorría las calles, que la imágenes eran llevadas a hombros de los cofrades, que los capuchones, siempre algo inquietantes, flanqueaban la marcha.

Sentido religioso aparte, incluso las procesiones de la Semana Santa más humilde tienen mucho de solemne, de teatral, de espectáculo único. Una Semana Santa sin procesiones es casi como un verano sin sol o un otoño sin el amarillear de los árboles.

Y eso pasa también con otras cosas. Cosas que, aunque no les hiciéramos mucho caso, estuvieron siempre presentes en nuestras vidas y, en consecuencia, fueron formando parte de ella, sin que apenas nos diéramos cuenta. Y cuando de pronto faltan, notamos un vacío y sentimos que tales cosas eran más importantes de lo que nosotros, en nuestro descuido, creíamos. Puede ser el ruido del mar, unos montes en la lejanía, el olor de la confitería frente a la que pasábamos cada mañana. Y estos días son las procesiones, que también nos las ha robado el coronavirus. Tras las muertes, la enfermedad y la ruina, el escamoteo de lo que siempre estuvo y ahora ya no está es una de los más perversos efectos de la pandemia, la maldita pandemia.

Nostalgia, añoranza de las procesiones, quién me lo iba a decir. Y ya van dos años sin ellas. La próxima Semana Santa no voy a perderme ni una. Y prometo no cabrearme si perturban mi transitar en Zamora, Cáceres o en cualquier otro sitio al que —¡por fin!— haya vuelto de viaje o excursión.

Nostalgia de las procesiones
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