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La gran caída

Ya no me sorprende, pero antes alucinaba al estar en un café y ver a la gente joven absorta en sus móviles, sin prestar atención al entorno

HACE UNA semana, el mundo se estremeció. Ocurrió de repente, sin previo aviso, como suelen sobrevenir las grandes catástrofes. Millones de personas se vieron afectadas por lo que sucedió, quedando atónitas y paralizadas, con los dedos engarfiados a punto de teclear o tocar y la mirada fija en las pantallas del móvil. Si en ese momento, cual habitantes de Pompeya, hubieran quedado sepultados por la lava del Vesubio, esa postura de mirada fija y dedos engarfiados se repetiría en la mayoría de cuerpos momificados, Aunque no soy especialista en el tema, creo que la debacle ya había ocurrido alguna otra vez, pero eso no quita dramatismo al caso. ¿Y cuál es el caso? Pues que durante varias interminables horas, WhatsApp, Facebook e Instagram dejaron de funcionar, Se cayeron, como creo que se dice en el lenguaje de estas cosas del demonio.

Yo no tengo ni Facebook, ni Instagram, pero sí, claro, WhatsApp. Digo claro, pero conozco a una o dos personas que no lo tienen, asombroso y meritorio. Incluso oí —y será cierto— que Garci, el director de cine, no tiene ni ordenador, ni móvil, ni coche. Claro que a lo mejor tiene un secretario que sí los tiene, pero aún así. Y saliéndome un poco o un mucho del tema, cómo echo de menos aquellas magníficas tertulias cinéfilas de La 2, tras la emisión de una película clásica. Garci, Torres-Dulce, Lamet, Miguel Marías, Giménez- Rico, Oti Rodríguez Marchante y alguno más hablaban con pasión y conocimiento, pero sin asomo de pedantería, de John Ford o de Howard Hawks, por oponer como ejemplo a mis dos directores preferidos. ¡Tiempos aquellos! En los de ahora ya no hay programas así.

Retomo el hilo. Como uso WhasApp, me perturbó un poco su avería, muy poquito. Pero a toda la marea humana que está colgada de las redes sociales, que pasa buena parte de su vida pendiente de ellas, cualquier parón obligado en ese cotidiano y continuo quehacer tiene que suponer un trauma. Porque navegar por internet —o como se llame a lo que hagan— no es solo una afición o un vicio, sino que es su manera de vivir, de relacionarse con el mundo. Ahora ya no me sorprende, pero antes alucinaba al estar en un café o en un autobús y ver a la gente joven absorta en sus móviles, sin prestar atención al entorno, que para ellos no existía; mejor dicho, su entorno era el que iba apareciendo en la pantalla. O sea, que una avería prolongada en las redes será como si a mí me dejasen sin paisaje físico y humano. Más que un cambio, esto es una revolución, más aun, una mutación. Y con el agravante, para magnificar su impacto, de que se produjo casi de repente, en menos de una décima de segundo hablando en términos históricos, ya no se diga evolutivos. El siglo XX, el verdaderamente mío, transcurrió prácticamente libre de este fenómeno.

¡Qué antiguo soy!

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