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Homenaje a las terrazas

NUNCA HE SIDO de mucho terrazeo. Lo mío era desayunar en el café, pero dentro. Después, a veces algunos vinos, alguna cerveza si cuadraba y en cualquier sitio. Casi nunca apalancarme en una terraza para el vermú, y ya no digamos de noche, pues soy casi estrictamente matutino para estos menesteres sociales y cafeteriles. Pero ahora, ay ahora, como la mayoría: me agarro a las terrazas cual tabla de salvación en medio de la desolada pandemia. Dio igual que fuese crudo invierno, allá estábamos unos cuantos náufragos aguantando la inclemencia del tiempo, el frío, la humedad, lo que fuese con tal de escapar del enclaustramiento de casa. Y cuando ni terrazas hubo, entonces el hundimiento. ¿Qué hacer? ¿Adónde ir? Las terrazas han llegado a ser poco menos que un artículo de primera necesidad, un servicio esencial para luchar contra la pandemia, contra la depresión causada por los confinamientos y los miedos a los interiores, contra el aislamiento que nos ha traído la feroz covid-19.

Homenaje, pues, a las terrazas. Y aplauso. Y lo del aplauso hasta lo digo yo, que estoy en contra del abuso que se hace de esta muestra de reconocimiento en nuestro país, no sé si en otros tanto. Si matan a una mujer, aplausos a la asesinada; aplausos al viejecito que se cura y aplausos a quienes consiguieron sacarlo adelante; aplausos desde los balcones o en las manifestaciones: demasiados e innecesarios aplausos. Pero, ya puestos, ¿por qué no un aplauso diario desde y para las terrazas? ¿Qué hubiera sido de nosotros todos estos meses, los que pasaron y los que faltan, sin ellas? Fueron y son la única vía de escape, la única posibilidad de relación con otras personas, aunque sólo sea visual, guardando las distancias y con mascarilla. Lo que antes ignorábamos, ahora es un objeto de deseo, el momento cumbre de la jornada: sentarse y que te sirvan un café, una cerveza, un vino en una terraza.

¡Como han cambiado nuestras vidas! ¡Cómo se han limitado! ¿Hasta cuándo? ¿Seguiré, ya vacunado e inmune, yendo a las terrazas con el mismo frenesí, con la misma ansia? No lo sé, pero me temo que sí. Estos hábitos marcados tan a fuego, por pura necesidad de supervivencia, es difícil que pasen, aunque las circunstancias varíen. Quizá ya no volvamos a ser los mismos después de la pandemia, sobre todo las personas de cierta (bastante) edad. Los jóvenes, mucho más flexibles y sin el peso de la experiencia a cuestas, no tendrán ningún problema en adaptarse. Pero nosotros, queridos coetáneos, ay nosotros… Tan negativa y prolongada experiencia con la que el Destino ha tenido a bien coronar nuestro ciclo vital nos puede dejar permanentemente marcados. O a lo mejor no, y salimos de ésta con nuevas e irrefrenables ganas de hacer cualquier cosa, todas las cosas.

Pero de momento, me voy a una terraza, querida terraza.

Homenaje a las terrazas
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