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Este cuento se ha acabado

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. Lo de colorín colorado había que ponerlo por la entrada de Iglesias en el Gobierno de la nación (¿de naciones?), ya que colorado es sinónimo de rojo, que no solo los rojos van a poder llamar fachas a sus contrarios y ellos irse de rositas. El futuro vicepresidente (¡qué barbaridad!) no se corta un pelo a la hora de declararse comunista, ni siquiera con la conmemoración de la caída del muro de Berlín que sus correligionarios comunistas levantaron. Y el cuento acabado es el de Sánchez, que da por terminados sus disimulos y pacta con los que desde el principio fueron los suyos, los que lo hicieron presidente cuando estaba en la ruina de diputados. Ellos se llaman (por llamarse que no quede) progresistas, ya que lo de ultraizquierdistas lo evitan como al demonio: ultras solo pueden ser los de derechas. Ellos son progresistas como Evo Morales, como Maduro, como Daniel Ortega, los hermanos Castro y demás, ya se sabe lo mucho que han progresado sus países con ellos. Dios nos libre de los que se autoproclaman progresistas si queremos progresar.

Sánchez, progresista, pacta con esos ultraprogresistas y va a pactar con los que le hagan falta para no dejar el Gobierno, sin el que no sería nada, pero nada de nada. Entre los que le hacen falta para ser alguien está Esquerra Republicana, esa progresista formación dirigida por un encarcelado por graves delitos, que tiene como negociador a alguien tan educado y finamente sutil como Rufián y que defiende para Cataluña la secesión de España, el país del que Sánchez es presidente. Con esos también va a pactar —ya pactó en su tiempo— Sánchez, después de otra dosis de cínico disimulo y de la manera más encubierta posible, por ejemplo con una abstención de los separatistas, que él aceptará como si no tuviera nada que ver en la decisión. Si es menester, hasta Bildu aportará, desinteresadamente y por pura generosidad, su granito de arena para que el presidente siga, porque a ver dónde iban a encontrar otro mejor.

Están ya empezando otros cuentos de los que hablaremos, pero éste se ha acabado y volvemos al principio. Lo que nos haya costado tan prolongada maniobra de distracción, que es mucho, será poco cuando lo comparemos con lo que va a costar lo que viene. Sánchez tiene que pagar a los que le ayudan y pagará. Pero no de su bolsillo, si no del de todos; se podría decir —y nunca mejor dicho— que va a pagar con España. Un esperpento más trágico que cómico. Y dos perplejas preguntas personales para terminar. ¿Cómo Sánchez, que ya ha dado muestra de lo que es en bastantes ocasiones, sigue siendo votado por tantos? ¿Y qué piensan muchos aparentemente razonables votantes socialistas ante la deriva y las malas compañías de su partido?

Este cuento se ha acabado
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