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En los tiempos del coronavirus

Sombríos, duros, inesperados tiempos estos. El mundo alegre y confiado, nuestro mundo, se resquebraja. Hace años leí a no sé quién que el fin del mundo no vendría del impacto de un gigantesco meteorito, sino de la letal acción de un microscópico virus. No es, no será para tanto ahora, pero el golpe lo acusamos con angustia y miedo. Las ciudades, antaño bulliciosas, ahora desiertas, confinados sus habitantes en casa, quién nos lo iba a decir. Miramos una y otra vez las crecientes cifras de infectados, ¿cuándo empezarán a bajar? Pero es lo que hay, lo que nos ha caído encima, inútil lamentarse.

Es lo que hay, pero hay más cosas. Afuera, al margen de la pandemia humana, la naturaleza sigue. Sigue y empieza en estas semanas a despertar con fuerza, a vivir con entusiasmo un nuevo ciclo de su eterno retorno. Las flores silvestres se apresuran en aparecer. Amarillos dientes de león, rosáceas falsas ortigas, azules verónicas, blancas margaritas, narcisos y botones de oro colonizan campos y ribazos. Son frágiles, pero con una determinación imparable para la vida, para su vida. Tan pequeñas flores parecen poca cosa, pero en el fondo son fuertes, fortísima: salen a la luz, porque sienten su llamada y estoy seguro de que, de alguna manera, gozan de un cierto placer en ello. Y viéndolas, recordándolas, mi ánimo se reconforta en estos destemplados días.

Si no podemos ver y oír estas flores y estos pájaros desde nuestra reclusión, siempre podemos recordarlos, imaginarlos

Lo mismo, el mismo consuelo ("de consolatione", diría el filósofo latino) viene de los pájaros. En la primavera naciente cantan con alegre furia todo el día, pero sobre todo cuando despiertan. Es un canto de vitalidad, de afirmarse en la existencia. ¡Aquí estoy yo, aquí estoy yo! Eso es lo que parecen decir y eso es exactamente lo que dicen, lo que cantan. El tordo de dulce voz, los silbidos del mirlo, los arrullos de las palomas torcaces o pombos, el trinar de petirrojos, herrerillos, trepadores, todos, todos. El aire se llena de armónica sonoridad en estas jornadas que ya son las de la espera de la inminente llegada del cuco. Cualquier día resonará su llamada en la fronda y todo estará completo.

Y si no podemos ver y oír estas flores y estos pájaros desde nuestra reclusión, siempre podemos recordarlos, imaginarlos. Y así, con ese aliento de vida libre y triunfante, amortiguar o incluso olvidar lo del coronavirus.

Otra eficaz medicina contra esta adversidad que nos agobia es la vuelta a los clásicos estoicos. Marco Aurelio, Epicteto o Séneca son una permanente fuente de inspiración para soportar cualquier grado de desgracia sin alterarse demasiado, sin hundirse, sin desesperar: estoicamente, vamos. Y que nadie crea que son aburridas y liosas reflexiones, nada de eso, son máximas clarísimas y serenas, más eficaces que cualquier ansiolítico.

Los tiempos del coronavirus. Pero también de flores y de pájaros, de la primavera.

En los tiempos del coronavirus
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