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Chalé, sueldazos y estabilidad

Carallo con Pablo Iglesias! Y con Irene Montero, que tanto monta, monta tanto el uno como la otra, feliz pareja. Feliz y exitosa, tras haber salido de la agitada calle con promesas de austeridad y de no eternizarse en los cargos políticos que pudieran llegar. Y que llegaron, ubérrimos, de la mano de Pedro Sánchez del que, por una vez, me ahorro adjetivos. Pero vayamos al análisis de los Iglesias-Montero, aunque sea repetir algunas cosas, pero cosas tan asombrosas que toda repetición es poca.

En primer lugar, la propia existencia de la pareja en los puestos que ocupan actualmente, uno vicepresidente y la otra ministra del Gobierno de España. Sin meterse en hipotéticos —y tan hipotéticos— méritos, eso de que una pareja esté en los más altos cargos de un país, debiera evitarse por una cuestión de imagen, de modernidad  y de higiene preventiva democrática. Tal cosa no cuadra en un entorno europeo avanzado y es propia de esa izquierda castrista-bolivariana a la que Podemos admira. Los Castro, en Cuba; los Kirchner, en Argentina; los Ortega, en Nicaragua; los Iglesias-Montero, aquí. O él o ella (más bien él, pues ridícula y antigramaticalmente se autodenominan Unidas Podemos), debieran haber renunciado al  cargo. Pero a buenas horas, que para algo son muy de izquierdas. ¡Y cómo habrían despotricado si algo así pasase en la derecha!

Cuando no se levantaban el pastón que él y Montero se levantan ahora, Iglesias defendía que no se cobrara en los cargos públicos más del triple del sueldo mínimo

También está lo del chalé de Galapagar, muy alejado de una modesta, aunque digna, casa en un modesto barrio obrero, que sería lo más coherente con sus ideas igualitarias, sus ataques a los ricos, su defensa del proletariado, su ideología comunista. Pero ya dijo alguien en situación parecida que una cosa es ser comunista y otra ser tonto, que viene a ser algo así como que una cosa es predicar y otra dar trigo.

Y el sueldo. Cuando no se levantaban el pastón que él y Montero se levantan ahora, Iglesias defendía que no se cobrara en los cargos públicos más del triple del sueldo mínimo.

Pero eso era antes, ahora cambiaron las circunstancias y apetece tanto recibir esos sueldazos mensuales… Así que —sin ponerse colorados, que para algo ya son rojos— dicen que esa norma de su partido está obsoleta y hay que actualizarla; por lo tanto a cobrar todo lo que cobra la parejita aunque, eso sí, justificándolo por las donaciones que hacen al partido, que mejor empleadas irían si me las hicieran a mí.

Una situación genial, pero hay que darle estabilidad, mejor, perpetuidad. A eliminar, pues, los límites de tiempo para los cargos dentro del partido. Ahora ya pueden eternizarse en ellos, que también eso es muy castrista-bolivariano, o sea, muy de izquierdas, o sea, muy progresista.

Chalé, sueldazos y estabilidad
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