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Tres días de vencejos

EL PRIMERO de esos días coincidió con el de mi santo, y fue su mejor regalo. Esa mañana del 23 de abril recibo la llamada de Manolo Calvo, que se ha convertido en el más fiel y eficaz vigía de los vencejos. Ya están aquí, me dice con la satisfacción de quien sabe que se va a compartir la buena nueva. Le respondo que si está seguro, ya que eso supone una semana de adelanto. Lo de la semana es exacto, pues la tradicional fecha de llegada de los vencejos desde sus cuarteles de invierno africanos es o era el 1 de mayo, casi con precisión matemática. Me contesta que ha visto sólo algunos y que su teoría es que han aprovechado el fuerte viento del sur que ha arrastrado la calima, el polvo del Sáhara hasta buena parte de España. Pues es posible. Eso y que toda la naturaleza está adelantando sus ciclos primaverales a causa del cambio climático, del calentamiento global. Recordemos que el cuco ya llega habitualmente a finales de marzo, en vez de a primeros de abril.

Al día siguiente, por lo tanto 24 de abril, estoy en casa, que no es el mejor sitio para estar, pero también los hay peores. Lo que decía el comunista, bohemio y ya desaparecido actor Antonio Gamero: como fuera de casa, en ningún sitio. La cuestión es que yo estaba en casa, haciendo no sé qué, con toda probabilidad nada, que es mi ocupación habitual y la que absorbe todo mi tiempo. Interrumpiendo ese mi duro trabajo, me llama Irene: Mira, ahí tienes los vencejos dando vueltas en torno a las torres de la catedral. Me acerco, pues estoy en el otro extremo de la casa, me pongo las gafas —sin ellas y en la distancia hubiese necesitado que fuesen del tamaño de cigüeñas para verlos— y allí están unos cuantos, todavía pocos, entregados a sus incansables acrobacias aéreas.

25 de abril, viernes. Conduzco por los alrededores de Lugo, camino de un paseo campestre, otra de mis obligaciones laborables. Llevo la radio del coche conectada a Radio Clásica, en uno de los pocos momentos en que hay música clásica de esa que nos gusta a todos, Mozart, Beethoven, Falla, Strauss y así; algo facilón, como dirían los pedantes entendidos que, desde hace un tiempo, proliferan por la emisora dando el coñazo. Pero este programa matutino de Amaia Prieto —creo que se llama así— da gusto oírlo, tanto por la voz de ella como por la música que piden los oyentes, tan amigos de lo facilón como yo, gente simple. Y una de las peticiones es la de un concierto de Mozart, que una mujer de Valencia quiere programar para celebrar la llegada de los vencejos, celebración a la que se une la presentadora y ya no digamos un fanático de las aves y otros animales como yo.

Tres días de vencejos que, aleluya, ya están aquí. Tres días que permiten desviar la atención de pandemias, elecciones, catástrofes y demás noticias que llenan los medios informativos y perturban nuestro vivir, pero no el de los vencejos.

Tres días de vencejos
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