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31 de agosto

A FECHA de hoy es y no es un día cualquiera. En realidad, las fechas del calendario nada significan por sí, ni siquiera las que tenemos anotadas como especiales en nuestras vidas, santos, cumpleaños, aniversarios felices o luctuosos. Porque los días llegan y se van, todos iguales y todos distintos, pero ajenos a nuestras pequeñas contingencias personales. Ya no se diga de las festividades preestablecidas, inventos para intentar dar sentido a nuestro transcurrir por este mundo, en una dirección o en otra. La única verdad es que el sol sale y se pone, vuelve a salir y vuelve a ponerse; eso es todo y es mucho, pero no hay más que eso, ni tiene por qué haberlo.

Dicho lo dicho, filosofías m á s o menos baratas y más o m e n o s en el aire, el último día de agosto supone para muchos el último día de las vacaciones, ese intervalo de tiempo en el que nos sentimos liberados, nunca de todo, de la rutina cotidiana y más libres, tampoco nunca de todo. Y mañana, a lo de siempre, porque lo malo del día de hoy es que precede al de mañana, al trabajo y a la monotonía. Especialmente llamativo es lo que ha pasado estas vacaciones del covid-19, donde las multitudes se han echado con frenética ansia a las carreteras y a los caminos, a las playas y a las montañas, a las ciudades. Sobreponiéndose, como debe ser, a la amenaza del virus, mareas humanas —sobre todo de familias, muchas familias— han invadido espacios ajenos, especialmente las terrazas, ese objeto de deseo que ha aumentado hasta límites insospechados su poder de seducción es estos tiempos de pandemia.

Por ejemplo, lo nunca visto en Lugo, colas para hacerse con un hueco y poder comer en una terraza. Como me confesó alguien que está en el ajo y que de eso sabe, cada día de agosto fue como un Domingo das Mozas de los buenos. Pero agosto se acaba y mañana es septiembre. Las multitudes que buscaban olvidarse y resarcirse de días de confinamientos, restricciones y hasta encierros, esas m u l t i - t u d e s se irán disgregando y volviendo a sus lugares de origen, lo harán casi de golpe, hoy. Pocas veces se habían merecido tanto unas vacaciones, largas o cortas, a un sitio o a otro, pero alejados de donde se pasaron días, meses, año y medio de miedo y desánimo. Ahora toca volver con la incertidumbre de lo que nos espera, con la amenaza del covid-19 aún viva, muy viva, pero también con la esperanza de que nada ya vuelva a ser tan duro como lo de antes.

En todo caso, nos queda el recurso de recordar los buenos momentos del verano, lo que vimos y tanto nos gustó, lo bien que lo pasamos cuando lo pasamos bien, las olas mansas lamiendo la arena, la vista desde la cumbre, la silueta de aquella catedral a la luz del atardecer. Los buenos recuerdos son seguros refugios. ¿31 de agosto? No, simplemente un día.

31 de agosto
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