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El Rey, ovacionado en La Toja

Consideraciones sobre la Corona y su papel constitucional. La crisis institucional tiene culpables
Felipe VI en el Foro La Toja. EFE
Felipe VI en el Foro La Toja. EFE

Vivimos en un régimen de intolerable tensión, en una democracia sometida continuamente a un test de estrés político orquestado desde instancias del poder. La Constitución está a expensas de sucesivas pruebas de esfuerzo y resistencia que idean los agitadores del populismo y secesionismo más radical. Los ciudadanos malviven acojonados en la incertidumbre sanitaria, laboral y económica, bajo la presión y amenaza constante de contagio vírico que da cobertura a la intervención y cierre de Madrid como compensación al 155 y coartada de otra moción de censura.

Los políticos atizan el fuego de la discordia por intereses partidistas: algunos parecen pirómanos cuando deberían ser bomberos del orden constitucional. La tensión, como el miedo, es útil en la gobernanza de los pueblos. Deliberadamente, se mantiene en tensión a la más alta institución del Estado, mientras las televisiones muestran como libertad de expresión a republicanos exaltados quemando fotos del Rey o a ministros atacándole con natural disidencia democrática e inmune nostalgia republicana. La agresividad secesionista contra la Monarquía y España ha encontrado la inesperada e impensable alianza de la coalición de Gobierno. Moncloa no solo veta a Felipe VI en Barcelona para no soliviantar a sus socios ante el 1-O y la inhabilitación de Torra, sino que además le ataca directamente desde el ala más radical del poder ejecutivo. Polis buenos y polis malos, igual que españoles buenos y malos en el asalto institucional. Pero el silencio cómplice de Sánchez delata que consiente a las claras la naturaleza conjunta y societaria de esta operación contra la Corona.

Se nota demasiado que el actual poder gobernante acaricia el cambio de sistema desde la implantación de una elección excluyente entre monarquía o república que no está, como no lo está Franco, entre las preocupaciones sociales del presente en España. Ese es el objetivo del mando único que afloró con el estado de alarma: lograr la validación política, mediática y social con la que cuestionar el sistema que emanó de lo que llaman régimen del 78. Sánchez, Iglesias y sus socios separatistas de Cataluña y Euskadi añoran abiertamente la III República, pero Felipe VI y lo que representa —la democracia constitucional, la sociedad mayoritaria, el poder judicial, al menos la mitad del legislativo y los poderes empresarial y económico— no se van a arrugar ante este órdago de desestabilización institucional de arriba a abajo.

El Rey de España sí estuvo en el II Foro La Toja-Vínculo Atlántico, donde fue aclamado y reconocido como jefe del Estado singularmente por el presidente de la República portuguesa, una lección del vecino Portugal en tiempos de coronavirus y de insurgencia constitucional. La Carta Magna, que no puede ser reformada sin los votos del PP pues requiere mayoría de 2/3, sanciona que el Rey es "símbolo de unidad y permanencia" en su condición de árbitro y moderador del funcionamiento regular de las instituciones. Se desprende del Título II relativo a la Corona que va implícita en sus obligaciones la debida neutralidad, de la que nuestra Monarquía ha hecho escrupulosa gala desde su restauración tras la dictadura. Pero la neutralidad no incluye el incumplimiento de la Constitución ni asumir comportamientos ajenos a las reglas de la democracia para implantar una agenda ideológica cuando la prioridad es la emergencia sanitaria y económica de España.

Desde la ingratitud estatal se blanquea por necesidad aritmética a quienes persisten en la rebelión sediciosa continuada y condenada con penas de cárcel. Y del mismo modo se normaliza con blanqueamiento de cal a los que se erigen en herederos políticos de los asesinos de Eta. Quizás por eso Felipe González, que volvió a respaldar al Rey en La Toja junto a Rajoy, habló de "republiqu-Eta" porque el socialismo tradicional y constitucional que él representa ha entrado en una crisis de principios dogmáticos que no los reconoce ni el espíritu democrático de libertades ni la España que los parió. La ineficacia de gestión ante el covid y la falta de proyecto de país nos abocan a esa nueva normalidad de República bolivariana que ha encontrado en la triderecha de Sol y la Vox-moción el dóberman franquista al que alimentar con el hueso de la propaganda.

Y se intenta hacer pasar la radicalidad gubernamental de extrema izquierda como refundación democrática de acoso y derribo al sistema nacido de la Transición. Sin embargo, este castillo de naipes prendido de hilos ideológicos que ha levantado Sánchez con ayuda del moño preferente puede desmoronarse cuando el verdadero soberano, que es el pueblo, vuelva a votar. En sede parlamentaria, el presidente que ha auspiciado caceroladas, vetos y ataques al Rey evitó esta semana una defensa explícita de la Corona. Quien aprobó junto a Rajoy el 155 reniega ahora de la defensa de unidad de España porque le resulta más rentable atacar al Rey y pactar con sus enemigos, que en realidad son los enemigos de España.

Culebrones interminables
La absolución de Rato, Acebes y otros 32 acusados por la salida a bolsa de Bankia deja en mal lugar a la Fiscalía Anticorrupción y blinda el futuro reputacional de la fusión por absorción de Caixabank. El suplicio judicial de Rato no ha terminado aunque acceda al tercer grado por las tarjetas black. La oportuna difusión del secreto del sumario del caso Kitchen mantiene la sospecha del ventilador: la dudosa palabra de Villarejo sentencia que trabajó para la izquierda y la derecha, lo cual no certifica que sea verdad lo que cuenta de un bando ni mentira lo del otro o viceversa. Vox ha registrado su moción de censura que será rechazada. El PP no la apoyará pero su abstención es muy probable. El chapucero cambalache del independentismo alargando los plazos de su agonía para retrasar unas obligadas y necesarias elecciones catalanas tras la inhabilitación de Torra persigue ganar tiempo para que el prófugo Puigdemont arme otro partido. El CGPJ ha procedido a nombramientos en el Supremo pese a la intromisión intervencionista del Gobierno, pero este culebrón tampoco ha terminado.

Guerras estériles 
La memoria histórica y democrática es un arma de doble filo que causa heridas a la convivencia. Quitar y reponer calles o nombres de parques como el de Valdebebas-Felipe VI solo es consecuencia de la agitación antimonárquica guerracivilista y el sectarismo político que sirve para estimular bandos electorales sin que ello garantice servicio público alguno en beneficio del verdadero interés general de los ciudadanos. El Ayuntamiento de Madrid deja fuera del callejero a Indalecio Prieto y Largo Caballero por iniciativa de Vox y con los votos de PP y Cs. Lo mismo que Carmena y la izquierda promovieron cambios de calles o plazas con rango de general o capitán. Forma parte de la puya política, pero habría que preguntarse si la sociedad está en esa guerra estéril de sectarismo trasnochado. Sin embargo, hay otras votaciones de duelo reciente que pretenden reescribir el presente. La izquierda impulsó en Zaragoza el título de hijo predilecto y la medalla de oro la ciudad para Fernando Simón, pero sin los votos de la derecha no saldrá adelante. La trayectoria del experto que pronosticó mínimos contagios de coronavirus e ignora los más 50.000 muertos reales no

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