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Quedarse en casa, semana uno

La soledad conectada del hogar. Reflexión introspectiva de psicoanálisis sobre la cuarentena
Una trabajadora limpia en el Congreso. EFE
Una trabajadora limpia en el Congreso. EFE

Quedarse en casa por la cuarentena del coronavirus parecía en su inicio un reto de proeza solo al alcance del ciudadano ejemplar del mes de marzo, año 2020. Quedarse en casa parecía una pena carcelaria de cumplimiento obligado, y no como esa condena por sedición que te pone en la calle del contagio tan rápido como la expansión de la pandemia. Quedarse en casa tiene ese punto de psiquiátrico doméstico con el que escapar de la locura colectiva provocada por el Covid-19. Quedarse en casa es un acto de disciplina heroica cuyo diván de psicoanálisis consiste en asomarse al balcón cada día para gritar y aplaudir cinco minutos a nuestros ángeles custodios sanitarios. Quedarse en casa es volver a la fragilidad de la niñez, a la despreocupación perezosa de la galbana, a recuperar el tiempo arrebatado por el hábito frenético diario. Quedarse en casa es asumir con recelo la angustia epidémica del encierro, valerosa valentía con la que superar la privación forzosa de libertad. Quedarse en casa es volver a mirar la nieve por la ventana al calorcito del hogar, a escuchar cómo golpea la lluvia en los cristales, a despertar sin prisas en mañanas acurrucadas bajo las mantas de la inquietante última hora del Covid-19. Quedarse en casa es aumentar el consumo de televisión, recuperar la costumbre perdida de leer, ir despacio a la ducha y hacer con paciencia las tareas domésticas para las que nunca hay tiempo. Quedarse en casa es salir a tirar la basura o hacer la compra como quien va a la guerra, preparados por igual para caer y para derrotar al enemigo. Quedarse en casa es pertrecharse bajo el disfraz clandestino que en era de saqueos serviría hasta para atracar un banco bajo la mascarilla del anonimato y el refugio dactilar de los guantes de látex sin dejar huella. Quedarse en casa es dar un cursillo acelerado de ordenador, tablet y móvil para aspirar al teletrabajo, llamar a los abuelos a diario no yendo a verles por protección preventiva, interesarse por los familiares y amigos que no están cerca en esta reclusión de la epidemia.

Quedarse en casa es asistir desde el sofábutaca en primera fila a la escenografía televisiva del coronavirus, al relato sanitario, político y mediático de la pandemia, a las moralinas del poder institucional con las que sujetar la desesperanza del pueblo desde un plató en cuarentena que a Iglesias le sirve para el mitin. Quedarse en casa es contemplar con decepción desde la impotencia del cautiverio cómo se priorizó el 8-M y el reparto del mando único del estado de alarma mientras los españoles esperábamos con ansiedad la adopción de unas medidas drásticas que llegaron tarde. Quedarse en casa es observar con rabiosa decepción como Torra y Urkullu priorizan su cansino proyecto nacional separatista sobre la respuesta estatal contra el coronavirus, última deslealtad del desafío ilegal separatista en forma de pretendido confinamiento secesionista, fobia al Ejército incluida. Quedarse en casa es oír frases recurrentes como que el Covid-19 no tiene ideología ni entiende de territorios cuando los españoles saben que el ébola si la tuvo y que se trazan fronteras en el mapa ilegal del separatismo. Quedarse es casa es solidarizarse con el ritual de desinfección en el Congreso. Quedarse en casa es reflexionar sobre la vulnerabilidad del ser humano pues todos somos poca cosa ante la dimensión global del coronavirus. Quedarse en casa es esperar a que el Gobierno acierte con esas medidas económicas tras incorporar a los autónomos, que logre impulsar el rebote de los mercados y el sostenimiento del tejido empresarial y laboral con cifras mágicas y Ertes con cargo a la deuda. Quedarse en casa es rascar en la movilización de 200 .000 millones contra el Covid-19, hasta comprobar que son 117.000 millones públicos a cuenta de endeudamiento y el resto privados sin que se sepa ni explique la fórmula con la que sumar ese dinero. Quedarse en casa es asistir desde la duda al futuro de la reconstrucción presupuestaria si Sánchez no renuncia a unas cuentas imposibles, y ver atónitos cómo se usa el decreto económico para blindar a Iglesias en la comisión del CNI. Quedarse en casa es volver a la Navidad con el Rey hablando en mensaje televisado para toda España tras distanciarse de los presuntos devaneos comisionados del padre emérito. Quedarse en casa es asistir a lo de siempre, a la petición de sacrificios a los españoles que cuando todo acabe pagaremos la factura con una subida de impuestos ya que una rebaja no se ha considerado necesaria en situación tan crítica y dramática.

Eso es quedarse en casa: una conjura de todos juntos contra la depresión del coronavirus, hacer autocrítica social y política, buscar una victoria colectiva sobre la pandemia porque ya habrá tiempo de enjuiciar comportamientos morales y éticos ejercidos desde el poder. Quedarse en casa es esperar con cautela y confianza el regreso de la normalidad mientras anotamos en el diario personal de la cuarentena la experiencia más íntima de esta lucha. O sea, a quedarse en casa. Es decir, #QuédateEnCasa.

La venganza de la hemeroteca
La política es la disciplina de la vida que peor resiste el paso del tiempo, que más padece el desquite de hemeroteca y videoteca y marchita la belleza. En la crisis del coronavirus no se libra ni el experto epidemiólogo Fernando Simón, sobre el que solo cabe el juicio ponderado del tiempo. Pero los políticos, fundamentalmente los encargados de liderar la lucha contra el coronavirus, quedan retratados por el Covid-19. Y por lo tanto, es a ellos a los que hay que pedir responsabilidades pues para eso les elegimos y pagamos. Restar importancia al virus como hizo la coalición gubernamental promoviendo el 8-M por razones de feminismo ideológico se detecta a nada que uno revisa los titulares recientes y ve las cifras de contagiados y muertos. Pero sobre todo quedan desacreditados los listos que consideraron la pandemia un catarrillo y que negaron la recesión ahora reconocida. No escuchamos ya a ninguno de los bocazas de la demagogia pedir perdón o criticar la donación de Inditex de 300.000 mascarillas y la fabricación de material sanitario contra el virus. Y mejor no seguir.

 

Un Rey frente a la adversidad
El mensaje del Rey ha tardado porque le correspondía a un Gobierno superado por la crisis dar luz verde a la Jefatura del Estado para intervenir en la lucha. Felipe VI se ha dirigido a los españoles por responsabilidad y obligación como aquel 3 de octubre de 2017 ante el desafío separatista, superando la audiencia de entonces en dos millones de espectadores debido al mayor número de público confinado en casa. Pero lo ha tenido que hacer bajo la sombra de un comunicado difundido en plena pandemia. El Gobierno —cuentan fuentes oficiales— no solo conocía la distribución del mismo, sino que lo tomó como una oportunidad para aliviar su presión mediática. Felipe VI no hizo alusión a la renuncia de la herencia y la retirada de asignación a su padre por las supuestas comisiones saudíes pues la prioridad era el Covid-19. Y Podemos convocó una cacerolada contra la Monarquía olvidándose de lo prioritario: la pandemia mortal. Iglesias no ocultó sus objetivos en una arenga televisada poco afortunada: acabar con el consenso constitucional del régimen del 78, lo que incluye a la Corona.

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