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Quedarse en casa, semana tres

Ensayo doméstico de resistencia y supervivencia. La España de los balcones lidera la lucha

QUEDARSE EN CASA tras los cristales del miedo requiere un escape de supervivencia vital. La televisión, la prensa y las redes son un bucle de lugares comunes y repetitivos con los que llegar al final del día. El apoyo familiar contrarresta el asedio de la incertidumbre y la convivencia va curando las heridas del cariño. La noche se pasa a tientas y las semanas se cubren de teletrabajo doméstico, aplausos a las ocho y saqueos furtivos a la nevera. La claustrofobia del encierro incurre en libertinaje clandestino con esporádicas escapadas a la compra, la farmacia y los contenedores de basura. Y cuando el amanecer despierta, los pájaros cantan inmunes en la España de luto y trinan melodías de esperanza.

La verdad y la mentira deambulan como almas descarriadas en busca de dueño mientras los españoles asisten perplejos a la manipulación partidista de masas. Legiones de tuiteros e internautas esparcen el virus contagioso del odio sin prescripción de mascarilla. El sol se pone y nace a diario en los hospitales, las morgues y los templos palaciegos del coronavirus: los Palacios de Hielo, de la Moncloa y de Galapagar.

Quedarse en casa en el confinamiento del deber tampoco te libra del virus de la hipocresía. Como si Paco Umbral se hubiera reencarnado en Almodóvar, el cineasta ha irrumpido en el Covid-19 para hablar de su libro, es decir, de su cine, de su yo y de sus cosas de cuarentena. En artículo de ego patológico, apología farragosa de sí mismo, Pedro Almodóvar ha evitado recurrir a la triderechona golpista, argumento que tantas subvenciones le reporta de la izquierda gobernante. Pero tal es su egocentrismo centrífugo que hasta se olvidó de los muertos de la pandemia, como si fueran figurantes de sus aclamadas películas sin derecho a los títulos de crédito.

Por no acordarse, ni se acordó de la gestión de su tocayo Pedro, a quien tanto aduló en solemne succión durante la entrega de los Goya. Dijo entonces el otro Pedro dirigiéndose al presidente: «Usted va a ser el coautor del guión de todos nosotros, de los ciudadanos españoles, y espero que le vaya muy bien». A la vista de los números y de la realidad obscena, que sean los españoles quienes hagan balance de semejante proyecto cinematográfico que el coronavirus y las noches de insomnio han transformado en tan solo dos meses en película de terror.

Quedarse en casa requiere tratamiento de choque para superar miles de muertes y contagios. Compruebas con impotencia que España da palos de ciego a golpe de decreto-ley. La España de los balcones lidera la resiliencia social desde la intimidad doméstica y la rutina de la reclusión ante la baldía y frenética actividad televisiva del Gobierno. En Madrid hemos visto esta semana la nieve, como si la economía necesitara del negacionismo del cambio climático para hibernar. Que Greta Thunberg se cure pronto, porque ni el calentamiento global la ha librado del Covid-19. Asistimos desde casa a una explosión de solidaridad en forma de conciertos de resistencia con letra y música del Dúo Dinámico. El pánico del pesimismo cohabita con los españoles porque la gestión no termina de frenar la pandemia. Ahora mismo probablemente alguien está muriendo en España por coronavirus sin previsión de que cesen a corto plazo las bajas del parte de guerra. Y eso es tan doloroso que causa desasosiego y desconfianza en la población, que indigna como aquel 15-M a la silenciosa mayoría formada por quienes nunca fueron indignados ni vivieron del discurso populista.

Del todo punto intolerable es que el uso de las redes y los medios se transforme en propaganda política. Pero todavía es más indecente que, aprovechando la trágica crisis del coronavirus, tanto el populismo como el separatismo extremos promuevan sus objetivos programáticos con evidente oportunismo desleal. Esa impostura es más propia de regímenes autoritarios que de una democracia europea avanzada. En vez de dedicarse a poner remedio eficaz a la tragedia, a guardar la cuarentena y pedir perdón por el 8-M, Pablo Iglesias usa Twitter y las ruedas de prensa para esparcir el virus temerario de la nacionalización mientras Torra zancadillea al Ejército y al Estado.

La vocación intervencionista e ideológica de Coaliciones S. L. debe parar ante la prioridad de la lucha contra la pandemia por el método tradicional de la eficiencia gestora y no por la radicalidad de sus políticas.

La exculpación no pasa solo por unos pactos de la Moncloa necesarios, ya que la firma debe ir acompañada de una convocatoria electoral cuando sea posible. El márketing publicitario no se puede practicar con impunidad de mando único, ninguneo al Parlamento y oposición, y una frenética obsesión por la comunicación oficialista teledirigida copando horas estelares de televisión para justificar la improvisación de una gestión errática de la que hay claras pruebas y evidentes responsables. Cuando dominemos la pandemia y luchemos contra la recesión, ya habrá tiempo de pasar factura a los escrachistas de la culpa.

Quedarse en casa, semana tres
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