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El PSOE del siglo XXI

Ecografía socialista, de la FIesta Nacional al congreso millenial fallero de Valencia
Saludo de Sánchez y Casado en Yuste. EUROPA PRESS
Saludo de Sánchez y Casado en Yuste. EUROPA PRESS

El RETO DEL PSOE del siglo XXI trasciende las propias siglas y postulados del socialismo para convertirse en adoración al liderazgo de Pedro Sánchez. Salvando el enorme abismo ideológico, la gran diferencia radica en que el Partido Popular parece mucho más que el culto al líder por la fuerza de sus barones y por su solidez programática, sobre todo económica. En cambio, el PSOE se ha convertido simplemente en el PSánchez que el líder socialista se ha fabricado a su medida hasta culminar en la performance de Valencia. El líder del PP aún no ha caído en el "ismo" presidencial, seguramente porque hay un proyecto conjunto de partido aglutinador de otros liderazgos, desde Feijóo a Ayuso, que suman arrastre electoral e ideológico y al mismo tiempo le restan a Casado el control férreo que ejerce Sánchez en el PSOE.

El casadismo no nacerá hasta que ejerza el poder como ocurrió con todos los ismos: felipismo, aznarismo, zapaterismo, marianismo o sanchismo. Sin embargo, el problema principal del socialismo del siglo XXI es precisamente el sanchismo, como se comprobó en la pitada de la Fiesta Nacional. El culto al líder se ha edificado sobre la resiliencia de un Sánchez que se sobrepuso al linchamiento de sus propios barones, sobre el miedo interno y externo a su falta de escrúpulos políticos y sobre su capacidad para ejercer desde el engaño y la propaganda una forma radical de gobernar sumisa al sanchismo podemita que resultó de aquel abrazo amoroso nacido del odio recíproco que se profesaban Sánchez e Iglesias.

La coalición de Gobierno liderada por Sánchez condiciona más al socialismo que al propio comunismo cogobernante, aunque Sánchez lidera con gusto y entusiasmo ese proyecto de PSOE extremo heredado de aquella avanzadilla de Podemos que fue el zapaterismo. Después vino todo lo demás: los pactos con los separatistas y Bildu, la El PSOE del siglo XXI pugna obsesiva por políticas sociales, feminismo y revisionismo frentista histórico entre ambas formaciones coaligadas y el acoso a la Corona. La habilidad de Sánchez para hacerse un hueco de Estado con una impensable moción de censura es un logro personal incuestionable que desmerece la tradición identitaria del socialismo español. De aquel PSOE, cuyo clan sevillano de la tortilla tomó el poder en Suresnes, hemos pasado al PSOE de la paella valenciana y fallera de este fin de semana con la que Sánchez ha invitado al pasado, bien entendido que el presente y el futuro habita en su única persona. Inmovilizada su gran rival Susana Díaz, exterminado el triunvirato Calvo-Redondo-Ábalos y encarrilados sus primeros presupuestos de ficción que ni el FMI bendice, Pedro Sánchez ha logrado reunir en torno a la unidad de su gracioso ser a Felipe, ZP y Almunia.

El PSánchez 2.0, que suplanta el auténtico socialismo rubalcaniano, es una realidad que se debate entre la recuperación del voto juvenil, la preservación del sufragio pensionado y la limitación de daños por los pactos, los indultos, la gestión covid, la subida de impuestos, el atraco de la luz y otros excesos políticos que tienen cabreado al personal votante. El PSOE del siglo XXI no debe crear problemas sino resolverlos, como es aceptar la oferta de Casado para la renovación de instituciones.

El PSOE del siglo XXI debe procurar bienestar y no más presión fiscal y paro, debe hacer cumplir la ley y no colaborar en el incumplimiento de sentencias como la del procés por razones de conveniencia partidista para mantenerse en el poder. El socialismo del siglo XXI debe fomentar la igualdad y no la desigualdad entre territorios y españoles, debe cumplir sus promesas electorales, y debe gobernar para todos y no para sus votantes y socios: los presupuestos de 2022 castigan a Madrid y Andalucía y favorecen a Cataluña. Pero la debilidad parlamentaria de Sánchez ha transformado el socialismo genuino procedente del 82 en un chaleco de fuerza con el que sujetar en este milenio la Constitución y la democracia para seguir en la Moncloa.

Pedro Sánchez es el presidente del Gobierno que más rápidamente ha despertado rechazo social por su escaso apego a la verdad. Repite sin parar el mismo discurso perifrásico que no emana precisamente de una tormenta de ideas ni de fundamentos sólidos de verdadero socialismo. La falta de transparencia es directamente proporcional al oscurantismo sobre los muertos reales de la pandemia, y esa obsesión por dividir a los españoles entre demócratas de izquierda y fachas franquistas de derecha, ha convertido en cachorrito aquel dóberman felipista de antaño. Todo eso impide a Pedro Sánchez pisar la calle salvo en actos con militantes socialistas convertidos al sanchismo. Pese a todo lo que ha acontecido durante su mandato, las calles no se incendian de protestas indignadas como cuando gobernaba el PP. La democracia no puede ser un mando único perpetuo ni un rodea al Congreso con maneras de escrache intolerante. Por eso los abucheos en el desfile de la Fiesta Nacional se han convertido en un clásico que no son exclusivos de Madrid, pues reflejan un estado de ánimo social. Sánchez lo sabe y por eso su PSOE del siglo XXI terminará siendo españolista, más igualitario cuando adelante elecciones. Al tiempo.

Sonora pitada nacional

A SÁNCHEZ le salió mal parapetarse tras el Rey en el desfile de la Fiesta Nacional. No logró tapar el sonoro rechazo alejando al público y haciendo coincidir su llegada con la del monarca. Quienes dicen que silbar a Sánchez es silbar a la democracia, consideraban un ejercicio de libertad pitar a Rajoy. A Sánchez no sólo le abuchean en Madrid, aunque los madrileños tienen motivos suficientes con el agravio presupuestario. La lluvia de millones para sus socios y la persecución de Madrid iniciada durante la pandemia generan una frustración social que desemboca en abucheos, si bien los insultos nunca están justificados contra nadie. Los gajes del poder incluyen la pitada del 12-O, donde Casado y Ayuso fueron aplaudidos. El líder del PP ha sabido esta semana anticiparse al congreso del PSOE haciendo una oferta de renovación del TC, el Tribunal de Cuentas y el Defensor del Pueblo que Sánchez se vio obligado a aceptar pese a su rechazo inicial. También es una pitada nacional el G-8 autonómico liderado por Feijóo que la Moncloa trata de boicotear por incluir a comunidades socialistas.

Agencia de colocación

UNA CONDENADA, Isa Serra. Y dos imputados: Meyer y Sánchez Mato. Son los nuevos cargos de confianza y asesoría del ministerio de Igualdad de Irene Montero, más preocupada por favorecer a los suyos que por la finalidad de su cartera. En los pasillos del Congreso el chascarrillo es que ese ministerio "se ha convertido en una agencia de colocación". Lo dicen sin pelos en la lengua sus socios socialistas de Gobierno, mientras los populares añaden que aún no se han aclarado debidamente los pagos con dinero público a la niñera de la familia Iglesias antes de la supuesta separación. La verdad es que el PSOE no puede alzar mucho la voz porque lo permite y porque Sánchez ha doblado a Rajoy en los gastos de altos cargos. El Gobierno no solo se ha subido el sueldo tras el hachazo fiscal y eléctrico a empresas, autónomos y familias, sino que ha destinado 16,4 millones para altos cargos y asesores, doblando ampliamente al Gobierno del PP. Todo eso unido a que las cuentas cuento de 2022 destinan a Cataluña el doble que a Madrid: 2430 millones frente a 1151.

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