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Made in América

Paralelismos y vicios yankis importados a España. Tan distintos y tan iguales en políticas y en liderazgos
Donald Trump y Pedro Sánchez. AEP
Donald Trump y Pedro Sánchez. AEP

EN España somos muy amigos del Made in Usa y del bienvenido Mr. Marshall. Siempre nos parece mejor lo de fuera hasta vivir con entusiasmo las elecciones americanas, como si fueran una moción de censura contra Donald Trump. Al margen de la disputa judicial, vemos que desde el coro político y mediático patrio Joe Biden se convirtió en el Pedro Sánchez americano, depositario de las encuestas CIS computer a lo Tezanos. La polarización que Sánchez e Iglesias fomentan en España se parece demasiado a la que se está viendo en EE.UU., donde el discurso del odio alcanza las calles y las instituciones como en nuestro país. El reflejo americano nos ha contagiado también en esta pandemia global de todos los vicios políticos yankis.

Ese ambiente de guerra civil que se respira en América siempre nos invade en España cuando, como dijo ZP, se necesita tensión electoral. Los parecidos son tan asombrosos como reales, lo cual añade más miedo escénico al pánico covid que nos asola sin remedio ni vacuna. Mientras que un Gobierno sobrepasado por la izquierda ha sido acusado en nuestro país de la peor gestión del mundo y de contribuir con ello al incremento de muertes cuya totalidad no reconoce, en USA ha sucedido lo mismo con un Gobierno situado más allá de la derecha razonable. La paradoja demuestra que la política siempre hace uso de lo que tiene a mano, en este caso un virus que mata por enfermedad y hambre al mundo civilizado e incivilizado, a pobres y ricos en una evidente expansión vírica de la desigualdad. Como en EE.UU., el Gobierno español implanta igual que Trump el ministerio de su verdad bajo el paraguas fake de la desinformación que la propia Casa Blanca y Moncloa establecen.

Inspirado en el sueño americano, en España y EE.UU. hemos asistido a una campa- Made in América ña contra Trump que lejos de reflejar el extremismo populista del líder republicano, le fortaleció como víctima propiciatoria de la revancha demócrata. La inesperada derrota de Hillary Clinton en 2016 ha impulsado un tsunami global de 4 años contra Trump, quien en realidad se representa a sí mismo como personaje público y no como presidente y candidato de la derecha republicana estadounidense. Sucede lo mismo con Pedro Sánchez, pues el presidente español también ejerce un liderazgo personalista de tentación caudillista que en muchos momentos no representa las siglas del PSOE, tal y como deslizan numerosos socialistas de tradición constitucional. Como en España, Trump podría perfectamente darle la vuelta a su discurso como si fuera un calcetín ideologizado para transformarse en candidato bolivariano, autócrata o soviético, porque su ausencia de moral y ética lo libera de conciencia real. La fuerza y liderazgo de Trump residen en su proyección provocadora, en su imagen tan repelente como empática, en la fortaleza de su agresividad twittera y verbal contra rivales y prensa y en su capacidad para conectar con el americano medio negro, blanco o hispano harto de que siempre lo utilicen electoralmente. En España, Sánchez fue expulsado como un perro sin dueño de su partido en aquel traumático comité federal porque el socialismo más purista no aceptaba su planteamiento rupturista de pactos y malas compañías que después ha ejecutado sin pudor para lograr la presidencia del Gobierno.

A menudo dice y se desdice en un difícil equilibrismo funambulista sobre el cable de la mentira sin importarle lo más mínimo las apariencias democráticas con tal de lograr su objetivo, que consiste en su propio éxito y en establecer que la única verdad es la suya a costa de controlar los medios. Es decir, igualito, igualito que Trump, aunque a este le cortan las televisiones americanas por mentir. Estamos ante un ‘killer’ político que justifica sus tropelías para lograr el fin como un principito Maquiavelo del siglo XXI que en España se beneficia de la fragmentación y la crisis bipartidista que en EE.UU. no es tal.

Lo mismo que una gran explosión de propaganda rige los designios políticos americanos, en España hemos hecho nuestro ese Made in Usa con matices socialcomunistas y rupturistas forzados por la división del voto y la necesidad de pactos de poder. Aunque el sistema electoral y el federalismo americanos no son la Ley D’Hondt ni nuestro estado autonómico, es evidente que simplifica la elección entre dos opciones en las que tienen cabida los extremismos más perjudiciales, con lo cual se neutralizan. Demócratas y republicanos se alternan en la Casa Blanca como sucedía antes en España con socialistas y populares. Pero en este momento muchos de los problemas de España derivan de la falta de mayorías a la americana y de la ambiciosa ansia de poder que secuestra las instituciones y nos mantiene confinados en la radicalidad polarizada y en el clientelismo subvencionado. Como dijo Pepe Isbert en la célebre película de Berlanga: "Os debo una explicación, y esa explicación que os debo os la voy a pagar". Igual que Melania y Donald, el bello pero bestial Gobierno español fideliza con salvas de fogueo vital el voto y la pacificación social. Pero a veces no sirve ese populismo falsario, como está experimentando un Trump que ha logrado 70 millones de votos.

Estado confinado

ESTE INQUIETANTE nuevo estado de alarma que Sánchez y sus gurús idearon para difuminar en el bosque autonómico su responsabilidad en la crisis covid tiene en vilo a los españoles. La insólita coartada de la cogobernanza que contrasta con los excesos de mando único del primer encierro nos aboca a una evidente descoordinación que presagia caos sanitario y económico. Los ciudadanos permanecen confinados en la provisionalidad de sus vidas, en la incertidumbre diaria del agobio perimetral, en riesgo permanente de desasosiego y en peligro inminente de contagio. Mientras se diseña otro decreto de confinamiento total, Sánchez ha iniciado un roadshow autonómico de propaganda covid tras comprobar que el virus no está vencido ni hemos salido más fuertes como pronosticó antes de irse de vacaciones sin legislar. El confinamiento alcanza al castellano, después de que PSOE, Podemos y ERC pactaran suprimirlo como lengua vehicular. Y amenaza a la prensa con esa obsesión totalitaria por monitorizar la crítica y vigilar que los medios no desenmascaren sus mentiras.

Campaña de España

LA CAMPAÑA americana en España nos ha inundado de documentales y posicionamientos mediáticos generalizados contra Trump. Las cadenas de televisión y plataformas de pago han criticado no sólo con líneas editoriales contrarias al excéntrico millonario metido a político, sino con documentales que se lamentaban de la injusta derrota de Hillary Clinton en 2016 presentándola como una heroína condenada a una anomalía que había que corregir. Algunos de esos documentales definían a Trump como un desequilibrado no apto para la Casa Blanca llegando a contestar ‘sí’ a esta pregunta: "¿Está loco Tmp?". Con escaso éxito, algunas cadenas generalistas también hicieron campaña en España a favor de Biden, sin reparar que en las políticas de la primera potencia mundial apenas hay diferencias entre republicanos y demócratas. Esos trabajos, más políticos que periodísticos, comparaban a Trump con Hitler o Mussolini, pero no con Franco, hasta situarlo por encima de la ley y de China como culpable presente de los males de la Humanidad.

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