Opinión

Lágrimas de impotencia

Crónica deportiva, social y política de la España santa. De Vinicius, Sánchez y otras penas que nos acechan
Vinicius llora en una rueda de prensa por los insultos racistas recibidos en el terreno de juego. KIKO HUESCA (EFE)
photo_camera Vinicius llora en una rueda de prensa por los insultos racistas recibidos en el terreno de juego. KIKO HUESCA (EFE)

VINICIUS JUNIOR es un futbolista galáctico, pasional y polémico, hecho de regates de sombras y jugadas imposibles. Vinicius ha tardado en ser tomado en serio como futbolista y como ser humano. Como futbolista porque tardó en cantar goles de ensoñación atrapado en la ansiedad de las prisas por el triunfo que le negaban el atropello de sus condiciones excepcionales y un público exigente. Como ser humano porque los insultos racistas de hooligans desalmados le hacían verdadero daño aunque todo pareciera un show del coliseo futbolero, donde las emociones y los sueños humillan de discriminación y superioridad étnica la segregación real que el deporte esconde tras el espectáculo del juego.

Las lágrimas de Vinicius no eran de cocodrilo, sino que fueron tan sentidas, desconsoladas y auténticas como el fútbol puro que inspira sus jugadas futuristas de magia, ilusionismo y ficción. Lágrimas de desconsuelo e impotencia del futbolista que sigue siendo niño y lucha por la igualdad racial contra la discriminación que se oculta en las gradas de la sociedad.

La exclusión de raza y color le duele a Vinicius mucho más que un gol fallado y una lesión de gravedad. A Vinicius le puede la sangre caliente, pero es un reo condenado por el pulgar hacia abajo del graderío en el anfiteatro del negocio deportivo.

Entre capirotes de Semana Santa y pasos de procesión, hemos visto llorar a Vinicius en el escaparate de lo público. Y debo confesar que convence y conmueve su llanto tanto como el dolor intenso de la pena, porque esas lágrimas no eran como un penalti fingido o como la simulación cuentista de una agresión teatrera en el campo de fútbol. Vinicius habló con el corazón latiendo sobre los aplausos de la prensa, desgarrando el cardio acompasado de una realidad social que convive con nosotros.

La frecuencia cardiaca del buen aficionado se paró la pasada semana en España, con Vinicius sollozando el señalamiento racista, y al mismo tiempo avergonzando ese lado malo de la xenofobia; sofoco y sonrojo de nuestro tiempo más oscuro.

Casi a la misma hora que Vinicius rompía a llorar desconsoladamente, Dani Alves salía de la cárcel bajo fianza de un millón de euros tras permanecer 14 meses entre rejas por violación. Son dos dramas distintos pero hondos en torno al mundo del fútbol. Dos aspectos negativos de la vida, la agresión sexual y el racismo, camuflados en la notoriedad del estrellato deportivo. Dos miserias humanas castigando la nobleza del deporte, la honestidad que siempre debe regir el comportamiento del deportista de élite.

Vinicius ha dejado con su llorada de ser junior para convertirse en una estrella senior del Real Madrid y de la selección brasileña, en un crack que se inspira en los héroes del cómic, en un personaje original de Marvel. Y ese comportamiento digno de ser alabado requiere reciprocidad por su parte, y una actitud noble sobre el terreno de juego que no caiga en la provocación y la rebeldía extrema, en la falta de respeto al contrario y a sus propios compañeros. Vinicius es un atleta de movimientos en tres dimensiones, un personaje de manga que se mueve, eléctrico, al son creativo de la samba.

El futbolista expresó una verdad que nos debe preocupar: "España no es racista –dijo– pero muchos racistas están en los estadios". Ciertamente, esa es la realidad española en el asunto del racismo, al igual que lo es la corrupción o lo es la amnistía arbitraria de la desigualdad y el borrado de delitos.

Anda ahora Sánchez fingiendo un recurso ante el Constitucional como ese delantero que se tira en el área cuando ya ha perdido el balón y el árbitro social es consciente de sus artimañas. De modo que tras resucitar el procés, el Gobierno recurre al TC para frenar la iniciativa del Parlament a favor de la independencia. Realmente, resulta de una insolencia moral suprema, porque esto lo hace el ariete Sánchez tras cometer falta de expulsión y suspensión de por vida con la Ley de amnistía para mantenerse en el poder.

Y ahora viene en plan defensa central aparentando que le importan la unidad territorial y la separación de poderes, mientras ERC y Junts exigen el referéndum ilegal que, como la amnistía, el árbitro Negreira nos dirá que es constitucional sin serlo.

En el domingo de Resurrección, la Semana Santa es un retorno en procesión a la polarización y la mentira como argumentarios del sanchismo.

Ni la matanza yihadista de Moscú, ni las mentiras de Putin para ligarlo a Ucrania, ni el constitucionalismo repentino del Gobierno taparán las lágrimas de Vinicius contra el racismo, un lloro de impotencia ante el silencio plañidero de una sociedad indignada contra el engaño político y al abuso del poder. Vinicius lloró de verdad, como llorará España cuando sea demasiado tarde para rectificar los atropellos de la amnistía y la corrupción.

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