Opinión

La petanca

La campaña electoral permanente que vive España ha entrado en el juego de la petanca, que consiste en aproximar las bolas grandes lanzadas por los participantes a la ‘boliche’ pequeña. Es decir, entre tocar las bolas y darle a la bolita se abre un amplio abanico de recursos y posibilidades consistente en arrimar las pelotitas a su sardina que, por otra parte, parece la finalidad preferida de la política española. Pedro Sánchez, por ejemplo, se fue a Coslada (Madrid) a jugar a la petanca con pensionistas que en realidad eran cargos y militantes del PSOE. Y Núñez Feijóo viajó al Cádiz simbólico de la Pepa constitucional para lanzar su Plan de Calidad Institucional para proteger la democracia en una ambiciosa partida de petanca que empezaba con la multitudinaria manifestación de Cibeles contra Sánchez, también entre simpatizantes. 

La diferencia estriba en que no es lo mismo jugar a la petanca entre incondicionales que practicar este deporte en plena calle, como ocurrió el pasado fin de semana en el exterior urbano de Madrid. El centro derecha puede pisar la calle y jugar entre distintas sensibilidades bajo la causa común del constitucionalismo y el hartazgo del sanchismo proseparatista. La izquierda pasó de rodea el Congreso a la protesta de la sanidad y la petanca privada entre afines, porque si a Sánchez se le ocurre practicar el juego de forma pública estaría expuesto a la protesta y la crítica social. Es la ley de la democracia, que con petanca o sin petanca, regula el desgaste del poder y permite jugar a la oposición con mayor permisividad del árbitro social.

Claro que en esto de la petanca estamos asistiendo a un juego toca bolas que requerirá de la máquina de la verdad para ir a votar. La bola de la petanca política tiene muchos sinónimos tales como la mentira, el embuste o el engaño. Puestos a buscar sinónimos de bola con la que jugar a la petanca encontramos también el bulo que consiste en equiparar una manifestación de alrededor de cien mil personas reales en defensa de la Constitución y la democracia con una concentración separatista en Barcelona de inconstitucionalismo separatista. La engañifa de la política siempre trata de poner su bolita lo más cerca del partidismo y de la urna con el objetivo legítimo pero embustero que confundir el interés particular con el interés general. Esa paparrucha de establecer paralelismos entre la manifestación de Madrid y ‘una España excluyente’ es precisamente la descripción más certera de la protesta separatista de Barcelona, que consiste en excluir a España de la soberanía nacional que marca la Carta Magna que pacíficamente, y sin saltarse la Ley, defendieron decenas de miles de españoles en las calles de Madrid. En realidad, el juego de la petanca política tiene las mismas reglas en toda España, de modo que hay que cumplir la Constitución y las sentencias judiciales en aras de la separación de poderes y de la igualdad entre españoles. O sea, que no todo vale en el de la petanca ni de la política. 

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