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La fuga de Alcatraz

Con la eficacia del coronavirus se extiende sobre la población reclusa española el síndrome contagioso de la libertad. Todos los presos quieren ir a Lledoners y hacerse independentistas, porque saben que con el régimen penitenciario de la Generalitat estarán en la calle en lo que dura la lectura de su sentencia condenatoria. Lledoners se ha convertido en el paraíso deseado por los atrapados en chirona, en el añorado destino penal con el que esquivar el cautiverio, en la trena de referencia para los casos imposibles de excarcelación. No hay presidio más anhelado y libertino que Lledoners, donde entras y sales casi al mismo tiempo, sin apenas periodo de adaptación para hacer amigos o pensar en la fuga. Clint Eastwood quiere rodar en Lledoners la segunda parte de ‘La fuga de Alcatraz’, porque a su edad no está para que se lo pongan difícil en el The End de su larga carrera cinematográfica.  

Junqueras sale de la prisión de Lledoners tres días a la semana para dar clases, se supone que de ciencias de la independencia

Oriol Junqueras, objetivo principal de la desjudicialización de la sentencia del procés y profesor a ratos libres, ha sido el último en salir de Lledoners. Junqueras sale tres días a la semana para dar clases, se supone que de ciencias de la independencia, y así normalizar ante la opinión pública española una anomalía que apenas causa alarma social y contestación mediática, pues despierta admiración entre todos los presos de las penitenciarías españolas. No hay presidio que encarne mejor los privilegios de los delincuentes ni las diferencias entre el independentismo. Mientras que unos han pasado por banquillo y calabozo como mero trámite judicial, otros permanecen huidos de mitin en mitin riéndose de la democracia y la Constitución por sus cuentas pendientes en España. A Perpiñán ya no van los españoles en busca del destape, sino que acuden extranjeros secesionistas a jalear a un escapista que tarde o temprano tendrá que pagar aunque sea con estancia corta en el hotel de Lledoners. La cárcel de Lledoners se ha convertido en el nuevo fortín de la teoría de la liberación, en el penal de la amnistía encubierta, en la jaula de puertas abiertas en la que un preso condenado a 13 años de cárcel e inhabilitación puede ser hospedado como paso previo a su puesta en libertad. 

Las agencias de viaje ya están pensando en incluir una visita a Lledoners entre sus ofertas de verano para paliar la caída del turismo por miedo al coronavirus. Es un pack completo con visita al calabozo-suit 155 de Junqueras,  rezo en la Sagrada Familia y tour por la Plaza de Cataluña para ver el destrozo de los CDR. Los más jóvenes podrán apuntarse a las clases de Junqueras para darle coartada a la invención universitaria del reglamento penitenciario, y así seguir educando en la asignatura de España nos roba. LLedoners, ese paraíso, es el palacio que la democracia española ha puesto a disposición del independentismo inconstitucional condenado. Los separatistas no lo llaman La Catedral, como la prisión que se hizo construir Pablo Escobar para cumplir su condena pactada. Le llaman Tribunal Supremo de la autodeterminación, que define mucho mejor la supuesta cárcel de Lledoners.

La fuga de Alcatraz
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