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Jarabe democrático

Receta con la que desenterrar la tensión guerracivilista y curar a España de su dolencia histórica
Pablo Iglesias. EFE
Pablo Iglesias. EFE

DEBEMOS RECONOCERLE a Pablo Iglesias que es habilidoso en el forcejeo político. Se mueve con soltura en la trinchera de la confrontación y ha hecho fortuna, agitando las dos Españas, con frases tan memorables como engañosas. La que últimamente ha triunfado en las hemerotecas de la memoria es aquella que utilizó para justificar los escraches intimidatorios de Podemos a sus rivales políticos cuando estaba en la oposición: "Son el jarabe democrático de los de abajo", sentenció. Lo dijo cuando ejercía de periodista revolucionario en HispanTV, aquella televisión financiada por Irán que salpicaba el fondo del decorado con leyendas y consignas de agitación como esta otra: "Si no hay justicia, hay escrache". Ya entonces Iglesias apuntaba maneras de ayatolá del fanatismo de masas, erigiéndose en justiciero social y repartiendo con su doble vara de medir los carnets de democracia desde su comunista concepción de la política. Su aspecto de Jesucristo de los desamparados ha obrado a día de hoy el milagro de los panes y los peces multiplicando el sueño patrio del éxito y la prosperidad en parcela confinada, piscina y jardín de cuarentena protegida por seis o más coches de la Guardia Civil. Quienes un día fueron sus enemigos y sus víctimas en el acoso del rodea al Congreso, le protegen ahora de los escraches siempre injustificables, sobre todo cuando se trata de la intimidad familiar.

El jarabe democrático de Iglesias se está haciendo más famoso que el jarabe de palo. Pero es lo de siempre, el doble rasero de los parias indignados de la Tierra transformados en casta acomodada de las élites políticas. Es la doble moral, con la salvedad de que el escrache se hace ahora contra los que antes lo expendían como jarabe democrático. Por eso de repente ese jarabe se ha transformado en una pócima fascista del pijerío de la derecha extrema, en el brebaje de la conspiración para "derrocar al Gobierno", en la hipocresía del partidismo como fórmula para polarizar y estimular la lucha de clases. En definitiva, la izquierda necesita enfrentamiento con tensión que diría ZP.

A Iglesias le retumban las cacerolas en el chalet de Galapagar, y se revuelve señalando a Ayuso y Abascal porque su propio jarabe democrático se le atraganta. Ahora que ascendió a los cielos del poder, el compuesto de la cacerolada ya no es tan democrático pues lo recetan los ciudadanos del barrio de Salamanca, que no debieran ejercer su legítimo derecho a la protesta contra la gestión del Gobierno bonito del que el inventor del escrache forma parte como vicepresidente segundo. Y qué decir de Galapagar, allí tan cerca de donde fue desenterrado el dictador, verdadero merecedor del escrache republicano eterno porque como ahora, siempre ha habido un bando bueno y un bando malo, como hay escraches de ley y otros que no lo son. Pese a que el jarabe democrático es curativo en tiempos del coronavirus, a Pablo Iglesias le sabe mal, le amarga el gusto, le provoca más arcadas que cuando él se lo dispensaba a los demás. Pablo no quiere dulzuras de jarope, porque en realidad su jarabe democrático era jarabe de palo con el que amenazar y amedrentar a la clase dirigente con la que ahora se codea.

El jarabe democrático viene a ser como la vacuna por descubrir del coronavirus. Un conglomerado de salud igualitaria, una fórmula universal de justicia y libertad, un preparado contra el recorte de derechos que nos ha de curar del mal de la pandemia política, que nos va a salvar de la enfermedad crónica del estado de alarma con el que Sánchez e Iglesias se quieren perpetuar. El jarabe democrático endulza las protestas como la miel sabrosa de la rebeldía, tesoro de juventud que envejece en el traslado del pisito vallecano a la sierra rica, del púlpito de la tertulia al escaño nada menos. Jarabe democrático…elixir de demagogia y propaganda con la que inmunizar al rebaño contra el fascismo de derechas, pues como todo el mundo sabe el comunismo no es fascismo de igual condición, que Franco era mucho más facha que Stalin y Pinochet más dictador que Fidel Castro.

El jarabe democrático solo funciona si el escrache es contra Soraya, Barberá, González-Pons o Rosa Díez. Si acaso contra Ayuso, Espinosa, Abascal y los cacerolos cayetanos del osea. Pero el jarabe del escrache no es necesario si se hace contra Iglesias y Ábalos, porque ellos ya son demócratas y no necesitan un correctivo como esa extrema derecha franquista que tanto se lo merece y tanto berrea cacerola y bandera en mano. El jarabe democrático solo se receta contra políticos de derechas porque los de izquierdas se supone que aunque tengan una renta muy superior a la media del Barrio de Salamanca siguen siendo los de abajo. En realidad el jarabe democrático es como un bálsamo de Fierabrás con ingredientes mezclados de marxismo universitario y burguesía acomodada. Que Iván Redondo, Felipe González, Margarita Robles o Echenique vivan o hayan vivido cerca de Núñez de Balboa es una filigrana del destino. Por eso nada de aceite, vino, sal y romero, receta cervantina de Don Quijote a Sancho Panza. Lo que procede es jarabe democrático, que con vaselina entra y cura mejor, pero solo si no eres de izquierdas como Pablo Iglesias

El lío de Bildu, PSOE y Podemos
EL MISMO Gobierno que pacta con Bildu la derogación total o parcial de la reforma laboral para favorecer su plan infinito de alarma le reprocha a la oposición su rechazo acusándola de no contribuir a salvar vidas. Luego lo mismo se podría decir del mando único y sus socios, más preocupados por completar su agenda anti-derecha que de concentrarse en la lucha sanitaria y económica contra el coronavirus. Tras este esperpéntico espectáculo que ha conseguido cabrear a todo el mundo, Sánchez e Iglesias deben hacérselo mirar, porque ha quedado al descubierto que el estado de alarma sí es un proyecto político. Hacer uso de la prórroga con finalidades partidistas demuestra que, en el fondo, el bienestar de los ciudadanos depende de cálculos políticos y electorales a las puertas de unas elecciones vascas y gallegas y con vistas a futuros comicios. Ya no son solo improvisación y mentiras, sino que hay cierta negligencia kamikaze en el comportamiento de esta coalición que nos lleva alarmados, en efecto, al precipicio de la recesión.

Simón, el apóstol del relato
FERNANDO SIMÓN se ha convertido en el mejor portavoz que el Gobierno podía tener en la crisis del coronavirus. Porque si bien Sánchez e Iglesias causan rechazo con su animadversión a la verdad, el ‘doctor experto’ ha bandeado la mentira para emerger desde su discreta condición de funcionario de Sanidad a estrella mediática y cancerbera que despeja todos los balones que asedian la portería de Moncloa. Simón es el mesías que lleva la palabra de Dios a las casas de los confinados. Y desde su aspecto frágil, con su voz tímida y rota, el apóstol del relato hace con mayor eficacia el trabajo sucio del Aló Presidente. Sin embargo, en su trayectoria impoluta quedarán grandes gazapos de irresponsabilidad que le imputan en el juicio final del coronavirus. Simón llegó a decir que en España «apenas habría algún contagio», ignoró el aviso de Alemania y Francia en una cumbre europea a mediados de febrero y le dio a su hijo libertad para ir o no a la manifestación del 8-M cuando ya había informes contrarios firmados por su padre. Realmente, ni su variedad de jerseys de cremallera le han salvado de pillarse los dedos.

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