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En mi Galicia del alma

LLUEVE EN mi Galicia del alma como en tiempos de la vieja normalidad. Las ramas de los árboles se contonean mientras ráfagas de coronavirus soplan en toda España sin que el meteorólogo de Moncloa sujete las isobaras como es debido. Llueve de lado, en oblicuo y perpendicular, de todas las maneras posibles y con diversa intensidad. Lluvia improvisada y dictada, rebelde y persistente, de Cayetanas, Cucas y Almeidas, de paraguas difícil o fácil. Lluvia como previsión atmosférica de primera necesidad. Hacía falta esta lluvia milagro ante tanta sequía de ideas y pericia. Hacía y hace falta el anuncio del diluvio universal para que Noé Sánchez abandone sus vacaciones confort y cumpla con la obligación de gobernar para todos. Dios nos libre del arca de Pedro y Pablo en su travesía por el golfo de la Pandemia antimonárquica. Si por algunos fuera nos confinarían de por vida y solo salvarían especies de ideología única para repoblar la tierra prometida de la tercera república.

Galicia está siendo pionera en medidas contra el coronavirus. Eso tranquiliza, pero acojona. Tranquiliza a la vez que inquieta y nos despierta del letargo vacacional, anestesia de ocio en espera de la vacuna que nos cure de esta desgracia sanitaria, económica y política. El ministro maravilla hizo una aparición estelar para chupar rueda de Feijóo y otros líderes autonómicos. A decir de los pitonisos, parece que el rebrote sostenido de la segunda ola es la nueva normalidad de pega anunciada en AlóPresidente. Desde Galicia se observa la jugada en repetición a cámara lenta. No es que la gente se resigne a que la nueva normalidad sea una champions sin equipos españoles, un verano sin turismo ni rey emérito y un otoño sin empleo ni horizonte de bienestar. Es que España está siendo humillada por nuestro fracaso ante el virus igual que el Barça de los 8 goles. Un equipo técnico sin ideas, instalado en la política de buenos y malos, no motiva ni mueve banquillo.

En Galicia y en España ha de escampar tras la lluvia de la vieja nueva normalidad. Cuando el sol asoma, se respiran los maizales y los pinos con la profundidad intensa de la vida. Las bocanadas de eucalipto reviven el espíritu de un país próspero y con brío. Galicia adentro huele a tierra y hierba mojada, y en la costa alta y baja se percibe el aroma del sentidiño eficaz. El mar de Galicia es de oleaje bravo y naturaleza pura. Las nubes de algodón que esculpen el cielo sixtino de mi Galicia del alma enamoran los sueños de un futuro mejor. El tronío enfadado de la tormenta se transforma en la luz resplandeciente del atardecer. Y ese color tan luminoso que tiene el paisaje de Galicia nos pone a todos en alerta por la vida. Los españoles no queremos una nueva normalidad como esta que nos pintan, vacía de resultados y verdades. Queremos una normalidad sencilla que nos permita vivir sin sobresaltos ni aprietos. No queremos la normalidad de un nuevo confinamiento ni el parón total y letal que multiplica la crisis económica. Queremos vivir, simplemente, en la sencillez diaria de la certidumbre y la confianza. En mi Galicia del alma. Que es mi España del alma.

En mi Galicia del alma
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