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Estatuas de sal y azucarillo

Revisión de la verdad histórica. El fanatismo ideológico abandera la fiebre vandálica 
 

Desentarrar a Franco y televisarlo como un partido de lleno hasta la bandera fue una clara declaración de intenciones del Gobierno pandemita, así llamado por su contribución irreparable a la lucha contra el coronavirus. Revisar la Historia está en el ADN de la izquierda para reescribir el relato del pasado y del presente al dictado de sus intereses ideológicos. La maniobra es tan legítima como tóxica, del todo inexacta y perversa. Hay partes de la Historia que tanto socialismo como comunismo pretenden cambiar porque les va en ello el ansia de supremacía política y esa supuesta superioridad moral con la que arman el arrinconamiento y acoso al centro-derecha. Pero lejos de ser un fenómeno únicamente español, la interpretación fóbica del colonialismo se ha transformado en una revisión histórica internacional tras el lamentable asesinato racista de George Floyd como consecuencia de la violencia policial estadounidense.

De modo que la fiebre revisionista, alzada sobre la generalización de la demagogia, el bulo histórico y los prejuicios ideológicos, se extiende como un contagio vírico teledirigido para sostener en pleno siglo XXI políticas radicales de postulados caducos con los que justificar el populismo presente. Las lagunas culturales aplicadas con el conveniente filtro político incurren en el ajusticiamiento de la verdad conocida para adecuarla a la verdad deseada. Pasa con la Guerra Civil española o la Guerra de Secesión americana. Sucede con las dos grandes guerras y el derrumbamiento del muro de bloques en los que se dividió el dominio del mundo. Lo vemos con la reedición de los bloques entre Oriente y Occidente y las voladuras patrimoniales del Daesh en Siria e Irak. Cualquier movimiento extremista se sustenta en elementos de reafirmación política que consisten en fabricar una realidad paralela con la que justificar sus actos y lograr sus objetivos de influencia y expansión. Esto suele funcionar en tiempos de pandemia hasta que las cifras reales de muertos por Covid y la previsión catastrófica del FMI para España alertan del engaño masivo.

Sobre los líderes libertarios del descubrimiento se cierne la actual ignorancia dogmática con la que anestesiar a los pueblos y llevarlos al redil de la sumisión. Y es así como se vandaliza el pasado, desde Cristóbal Colón a fray Junípero Serra, este último resucitado como personaje racista cuando siempre se le tuvo por simple y modesto misionero franciscano. Ni Cervantes se ha librado de la campaña antirracista inspirada en ese revisionismo caprichoso hasta poner en duda la grandeza histórica de ‘El Quijote’, obra cumbre de la literatura universal. No hay ataques a las estatuas de Lenin, Stalin, Fidel Castro y el Che en latitudes bolivarianas donde aún se veneran la hoz y el martillo. Pero sí asistimos a la revolución antisistema con la que implantar un nuevo orden mundial y local para someter a las masas libres y pensantes mediante la acción de las hordas armadas de la ignorancia. La dominación siempre forma parte de la concepción totalitaria de la política, incluso bajo el tapiz de la democracia. Así que Podemos señaló la estatua mallorquina de fray Junípero Serra y el obediente comando ejecutor ‘asusta estatuas’ obró pintadas de vandalismo cateto con el que alimentar la furia del odio contra el religioso que protegió a los indios de la explotación colonial en California.

Este furor de desmantelamiento constituyente se extiende peligrosamente como adoctrinamiento de ingeniería social amparándose en un movimiento justiciero contra el racismo que algunos líderes y lideresas utilizan como metadona metafórica de captación fanático-dependiente. Y lo que empezó siendo la Ley de Memoria Histórica de las cunetas de un solo bando, continuó con la revisión de los nombres de las calles por puro dogma guerracivilista, prosiguió con el vuelo televisado del dictador Franco y se manifiesta ahora en esta cruzada contra las estatuas sin criterio histórico ni cultural. Todo se antoja surrealista cuando la ministra de pedigrí feministoide Irene Montero justifica este arrebato vandálico en la desigualdad histórica de la mujer, a la que describe como víctima desde el agravio que supone apodar a Juana…la Loca frente a la opresión de las estatuas varoniles que rezuman testosterona de machismo sexista en el museo de la Historia.

Realmente, tal desvarío sólo se puede deber a la ignorancia fanática anclada en las orejeras del complejo propio. O sea tía, que teniéndolo a huevo laico con Isabel la Católica, promotora del viaje de Colón, Irene superguay de la muerte se descuelga con Juana la Loca como coartada peregrina del feminismo ideológico con el que fomentar la igualdad a costa de la vejación de las estatuas racistas tras una carrera política a la sombra del macho alpha. Si la mujer de Lot se convirtió en estatua de sal al huir de Gomorra, las estatuas de fray Junípero Serra o Cervantes serían bien acogidas en municipios como el de Boadilla del Monte, que se ha ofrecido a reparar la ofensa de su derribo en San Francisco.

Esa es la diferencia entre sal y azucarillo, entre mentira y verdad, entre demagogia de revisionismo político y la cultura histórica. 

Adoctrina que algo queda 

El Gobierno ya no disimula sus políticas de adoctrinamiento constante tras conocerse su Plan de formación en igualdad y no discriminación. Con su implantación, la coalición social-comunista pretende enseñar a los funcionarios a usar un lenguaje inclusivo para formar a los trabajadores de la Administración en «diversidad afectivo-sexual» e «historia del feminismo». Los ministerios de Política Territorial (PSOE) y de Asuntos Sociales e Igualdad (Podemos) han sido los encargados de promover esta iniciativa que, se supone, no será obligatoria porque invadiría derechos y obligaciones individuales, colectivas y laborales ya garantizados por Ley. En esto se aplica el Ejecutivo, pero no en contar debidamente las muertes reales por coronavirus, en ejecutar políticas efectivas contra los rebrotes y en combatir el empeoramiento de la crisis económica, en buena parte debida a la tardía adopción de medidas sanitarias. Parafraseando a Francis Bacon, adoctrina (calumnia) que algo queda. Y queda la doctrina como arma política. 

Chascarrillos de escaño 

El ejecutivo ha sacado su decreto de nueva normalidad pese al ataque despiadado al contrario. El PP lo ha apoyado para introducir cambios en la tramitación y anuncia apoyo a la candidatura de Calviño para el Eurogrupo. Patriotismo. Calvo dio pruebas de cansancio cuando Vox le preguntó: «¿Piensa hacer algo por restituir la credibilidad…?». A lo que la vicepresidenta respondió: «No hay que restituir lo que no ha existido». Risas. Marlaska evitó ser reprobado gracias a los votos de Bilbu, que como ministro del Interior es para hacérselo mirar. Humillación. En los chascarrillos de escaño fue muy comentada la defensa a regañadientes de Sánchez a Felipe mientras su socio Iglesias no aplaudía tras fracasar en su intento de una comisión de investigación de los GAL. Psoebaronías. El vicePablo estuvo en la boca de todos al conocerse que la Fiscalía filtró datos a Iglesias en el caso Dina, lo cual puede tener recorrido judicial. El juez sigue investigando a Iglesias por destruir la tarjeta del móvil de su asesora, recolocada en un portal digital menos navideño que el de Belén. Cloacas. 

Estatuas de sal y azucarillo