Opinión

Estado de alarma y de ánimo

El estado de alarma se ha convertido en puro estado de ánimo. Es una herramienta hacia la invención de una nueva normalidad que, según Rafa Nadal, debe ser la normalidad antigua, la de siempre. El estado de alarma estuvo justificado inicialmente, pese a sobrepasar la raya del estado de excepción hasta derivar en un chantaje sin precedentes a la oposición y a los españoles impropios de una democracia. A día de hoy, la coalición de los decretos-ley, las órdenes ministeriales, la propaganda y la improvisación ha hecho del estado de alarma un modus operandi de sus políticas partidistas y de control de la opinión pública, dejando en un segundo plano el interés general. De ahí que ese estado de alarma no pueda ser un instrumento de sometimiento de los rivales políticos, las autonomías no gobernadas por la izquierda y los ciudadanos más o menos críticos con la gestión del coronavirus. A Sánchez e Iglesias se les ha visto el truco, y aunque haya una prórroga de 15 días más por la vía de abstención del PP, el verdadero estado de ánimo indica que hay alternativas jurídicas al estado de alarma, la Ley de Salud Pública por ejemplo, para hacer una desescalada con garantías. Desescalada que por otra parte es chapucera y falsaria sin publicación en el BOE ni negociación con la oposición ni debate ni aprobación en el Parlamento. Este miércoles el Congreso vota la ampliación del estado de alarma que volvió a pedir Sánchez en su ‘Aló, presidente’ de fin de semana, exceso de tutelaje absolutista de la sociedad que no hace ningún dirigente del mundo, lo cual explica la desventurada y errática gobernanza televisada del Covid, que de repente se convierte en cogobernanza por necesidad política, no sanitaria.

Dicen los expertos que el estado de ánimo no es una percepción emocional temporal, sino que es duradera. Y eso es lo que pretende el tándem SanchIglesias: perpetuar el estado de alarma con el que neutralizar la vida emocional de los españoles generando una dependencia política y económica que se parece más a prácticas bolivarianas que democráticas. Por eso el estado de alarma pretendió ser un estado de ánimo nacional y patriótico en el que o se alarga el mando único o el caos sin ayudas. Al igual que el estado de ánimo, el estado de alarma juega con las emociones y el miedo. Primero miedo al contagio y la muerte por el virus pero también miedo por negligencia en el retraso de las medidas para celebrar el 8-M. Después miedo a la recesión que la propia gestión fallida ha agudizado con un parón económico total que se podía haber suavizado de haber actuado a tiempo, ahorrándonos el panorama aterrador de paro y depresión que nos espera.

Encuestas al margen, el estado de ánimo de los españoles no requiere de un estado de alarma eterno que allane el camino de un gobierno débil, dependiente de sus socios comunistas y separatistas, para garantizar la permanencia en Moncloa del populismo de izquierdas. España debe afianzar un estado de ánimo con el que ahuyentar el pesimismo gestor dependiente del trastorno bipolar de la coalición. Lo que necesitamos es un estado de ánimo coherente y realista alejado del estado de alarma neurótico motivado por los excesos del mando único.

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