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El día de la banderita

Crónica abanderada de la política frentista. En el horizonte de España debe ondear la bandera blanca de la paz
Sánchez y Ayuso, entre banderas.EMILIO NARANJO (Efe)
Sánchez y Ayuso, entre banderas.EMILIO NARANJO (Efe)

EL DÍA de la banderita de Sánchez y Ayuso terminó siendo un gran bluff político que usurpó esa tradición centenaria asociada a la Cruz Roja. Aunque enarbolar banderas es motivo habitual de disputa pública, reconcilia con la lógica decente de la vieja normalidad esa exhibición sin complejos de estandartes constitucionales en la era del desmantelamiento de la monarquía parlamentaria que aguanta el andamiaje democrático y la unidad territorial del sistema político español. Hay banderas de todo tipo, si bien la primera que destella en la retina colectiva es la bandera de España. Históricamente siempre se ha encargado la derecha de izar la bandera nacional. Pero Pedro Sánchez, esclavo del márketing y aprendiz de brujo, se ha esforzado por envolverse públicamente en la rojigualda más que en la bandera republicana o la estelada pese a que sus actos y sus socios le desmienten. En el álbum de posados Sánchez aparece inmortalizado como un Trump cualquiera junto a Begoña Melania bajo una gran bandera virtual de España que ondeaba como gigantesca envoltura de apariencia en la pantalla mediática de la propaganda. Y desde que la mascarilla se ha convertido en un complemento obligado tanto sanitario como prêt-à-porter, Sánchez siempre acude al baile de máscaras con su bandera de España.

La bandera es un estandarte en primer lugar patriótico e identitario. Las banderas se supone que no son de nadie, pero sí de todos. Y todos somos en mayor o menor medida portadores de distintas banderas figuradas que transmiten un sentimiento, es decir, una militancia anímica y espiritual que muestra nuestras credenciales personales. La bandera, además, es un emblema que en sentido no figurado permite a una sociedad y a sus políticos portar distintas posiciones de grupo rebaño que rebasan lo El día de la banderita meramente individual para convertirse en señales de pensamiento político-ideológico. Todo el mundo sabe que el blanco es el color de la bandera de la tregua y de la paz. Pero con tanta banderita protocolaria detrás de Sánchez y Ayuso la bandera blanca sólo fue un espejismo autonómico fugaz, una mentira más de la fábrica de bulos monclovita. Mientras el presidente del Gobierno se llevaba la mano al corazón, sus tropas destructoras dinamitaban la supuesta banderita blanca con kamikazes voceros bombardeando la Puerta del Sol como si fueran Guernika o Cabra. Es lo que se llama ondear la bandera del añorado asalto de la izquierda a Madrid seguramente abanderando una moción de censura como la que desalojó de Moncloa al PP. Todo quedó completamente al descubierto cuando el ministro maravilla, Illa, Illa, Illa, contraprogramó a la comunidad de Madrid para pedir el cierre completo de la capital de España mientras la Consejería de Sanidad anunciaba nuevas restricciones. El ala oeste socialista del Gobierno estigmatiza Madrid, pero no pide lo mismo a otras autonomías con peores datos por cada 100.000 habitantes. Y el ala este comunista de Moncloa lanza sus protestas callejeras contra Ayuso por las medidas que precisamente pide incrementar su socio socialista.

Resulta habitual que la izquierda se apropie de la bandera de las libertades y la democracia pese a que la Transición fue obra de una ingeniería plural de precisión en la que participó con idéntica entrega la derecha. PSOE, Podemos y los separatistas de Bildu y ERC suelen alzar la bandera republicana antifranquista como estandarte de verdad única. Sin embargo, la Constitución establece claramente cual es nuestra bandera común legal y democrática, y cuales no tienen el amparo de la Carta Magna. Sánchez e Iglesias también suelen reivindicar las banderas de la igualdad, la justicia y el bienestar. Pero los hechos vuelven a desmentir el lenguaje del humo porque sus políticas radicales fomentan la desigualdad entre territorios y entre iguales. Su obsesión por el control del Poder Judicial les delata, al igual que su disposición a reformar el Código Penal para rebajar las penas por sedición mientras se anuncia la tramitación de los indultos de los presos separatistas como banderita con la que atenuar la inhabilitación de Torra. Y no digamos ya colocar como fiscal del Estado a una exministra socialista que sólo trabaja para el Gobierno como prueba el fiscal Navajas acusando a sus compañeros de partidismo mientras él aboga por archivar las querellas covid contra el Ejecutivo sin reunir a la Junta de Fiscales del Supremo. En cuanto al estado de bienestar es obvio que no se fortalece con más paro, más gasto y una caída brutal del PIB que nos ha metido en recesión debido a políticas de demagogia poco efectivas.

El día de la banderita empieza a ser un clásico semanal en el barrizal de la política española. Las banderas de la ideología radical, el guerracivilismo, el republicanismo antimonárquico, el blanqueamiento de los herederos de Eta y Companys, o el extremismo frentista nos alejan de la plena democracia y nos restan eficacia en la lucha contra el coronavirus y la crisis. Pero vetar al Rey en Cataluña confirma las peores tentaciones de un tiempo convulso, desleal e incompatible con un verdadero Gobierno de España. Vivimos en una inadmisible guerra de banderas que los españoles ni quieren ni han votado.

CRUZ DE NAVAJAS

EL TENIENTE fiscal del Supremo, Luis Navajas, ha incendiado definitivamente la Fiscalía General del Estado tras el nombramiento de Dolores Delgado. Navajas ha entonado la canción de Mecano con un navajeo barriobajero contra los compañeros de la carrera fiscal a los que acusa de presiones para defenderse así de su servilista y obediente pronunciamiento en favor de archivar las querellas contra el Gobierno por la gestión del coronavirus. Sus palabras han parecido más bien un ajuste de cuentas que unas declaraciones desde la mesura y la neutralidad, imposibles con Lola Delgado al frente de la Fiscalía. Lo más grave es que esa Fiscalía de parte pretende abrir expediente informativo a la exfiscal general, Consuelo Madrigal, por esas supuestas presiones críticas. En su cruz de navajas, el fiscal del Supremo llegó a decir que «con esa tropa no podía ir a la guerra» para justificar así su negativa a convocar la Junta de Fiscales de Sala del alto tribunal. Y como prueba de su parcialidad llegó a confesar que «los fiscales ya saben lo que quiere la jefa».

COMO UNA OLA

EL GRAN FERNANDO Simón ha certificado que «no tiene inconveniente en reconocer que estamos ante la segunda ola del coronavirus». El experto y parapeto del Gobierno certifica que como una ola hemos llegado a una situación que desde que Sánchez y él se fueron de vacaciones los españoles ya sabían. Las medidas restrictivas y necesarias en Madrid, con sus luces y sombras o aciertos y desaciertos, no pueden criminalizar una comunidad que por su densidad de población y ser puerta de entrada aeroportuaria tiene unas cifras que deben preocupar al conjunto de España y sobre todo al Gobierno central, máximo responsable de combatir una pandemia internacional. El uso a la carta de la cogobernanza que está haciendo Sánchez demuestra la poca grandeza de sus principios políticos y que con partidismo no se puede gestionar la Covid tal y como se hizo en el estado de alarma. Cuando Sánchez acude a la Comunidad de Madrid se presupone que lo hace de buena fe. Pero los ataques de notables socialistas y su socio Iglesias a Díaz Ayuso no dejan de ser una ofensa a los madrileños.

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