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Con los brazos abiertos

Open Arms al servicio migratorio. Un reality en directo para despertar el verano de la España desgobernada
El Open Arms, frente a las costas de Lampedusa. ELIO DESIDERIO (EFE)
El Open Arms, frente a las costas de Lampedusa. ELIO DESIDERIO (EFE)

LA TIERRA GALLEGA tiene ese olor a pureza que falta en la política. Se te mete dentro la vida cuando respiras el aroma de la hierba recién cortada; cuando la fragancia de la tierra mojada llena los pulmones de oxígeno natural que reanima el pulso parado de la melancolía. Por tierra, mar o aire se propaga la epidemia del verano durmiente español, en siesta permanente de ingobernabilidad desde aquella moción tan resistente al juicio de la estabilidad y de la lógica. Los árboles se abanican en ráfagas de aire intermitente, y las ramas se doblan a cámara lenta mientras componen una sinfonía de misterioso y miedoso sometimiento al poderío natural de la fuerza.

El agua también es parte del paisaje noticioso porque el Gobierno español y Europa han jugado a los barquitos con el Open Arms. La corriente de los ríos se desliza hacia el mar, hasta convertir en espectáculo mediático y político el último litigio migratorio. Las cámaras de televisión enseñan al mundo, pero sobre todo a España e Italia, la diferencia entre la siderúrgica frialdad de la extrema derecha italiana que rompió su Gobierno y la empalagosa solidaridad oportunista de la izquierda española que no termina de entenderse. Todo ello ha derivado en un carrusel de propaganda que ha incordiado las vacaciones de nuestro presidente en funciones, alejado del mundanal ruido tras su fracasada investidura mientras se fabrica la coartada de una nueva convocatoria electoral. Apenas quedan truchas en los ríos de la política. Tan solo corrientes que no cubren ni en la poza más profunda del lodazal. Levantando la mirada, en el aire vuelan tan alto las rapiñas como los cuervos, negra silueta que presagia crisis económica.

Los trigales se han convertido en pacas de almacenamiento invernal, para cuando allá por el 10 de noviembre volvamos a las urnas si antes Pedro y Pablo no obran, como dioses que son, el milagro de la investidura ahora que escenifican vuelta al redil con simulada voluntad de diálogo. Los maizales son cementerios de muñecas en ordenada formación militar. Por tierra, mar y aire todas las señales nos llevan desde Doñana a Lampedusa, previo cebo del puerto de Algeciras y Mallorca con envío incluido de un buque de la Armada española a sabiendas o no de que la Justicia italiana se iba a adelantar en la solución del Open Arms. Las tierras de España no salen de su asombro con tanto postureo político en torno a la desgracia humanitaria.

Arde Gran Canaria cuando siempre ardía Galicia. Y Casado le gana por la mano en la visita obligada a la zona a un Sánchez distraído. Gobierna la triderecha en Madrid como reducto de lo que queda de España. E Isabel Díaz Ayuso es la mazurca con la que Pablo Casado ensaya la resistencia al sanchismo podemita desde la Plaza de Colón a la Plaza Roja de Moscú. Ahí está Ayuso, en el maizal de los brotes verdes, con rebaja de impuestos frente a la manirrota guerra de la izquierda a la austeridad.

Y ahí está Carmen Calvo, con ese discurso entre feminismo antifranquista del refugiado y casa común de acogida al inmigrante. El barco de la ONG española, Open Arms, eligió el inglés para la proyección de su mensaje. Con lo fácil que hubiera sido llamarle Los brazos abiertos, traducción literal de Open Arms al que el buque de la Armada Audaz no llegó a rescatar. Con los brazos abiertos, por tierra, mar y aire España asiste al lamentable espectáculo del activismo político más que a una vocacional labor humanitaria. Desde su despacho con el Rey en Marivent hasta su visita a Canarias, a Sánchez le habíamos perdido la pista salvo en el rastro de sus tuits.

Pablo Casado se ha dejado barba y Albert Rivera seguramente está inspirando el último disco de Malú, a la espera de que Iglesias y Montero decidan si hacen presidente a Sánchez desde su feliz paternidad. Con los brazos abiertos, todo el arco parlamentario hubiera acogido a los migrantes del Open Arms de no haber estado de vacaciones. Desde el chalet de Galapagar al Palacio de La Moncloa, todo fue y es un gran gesto de brazos abiertos por tierra, mar y aire que finalmente ejecuta la Armada española, los militares para entendernos, que tanto enervan a la izquierda. La tierra gallega tiene ese sabor a pureza que le falta a la política.

El clan de los Pujol facturó 290 millones de euros en la sociedad limitada del independentismo nacionalista convergente. Y los Torra, Puigdemont y compañía, con la inestimable ayuda de la llorona, están en la teoría de la conspiración de los atentados de Cataluña porque como república que son necesitan su 11-M para justificar el fracaso global ante el terrorismo islamista. Con los brazos abiertos, por tierra, mar y aire, los españoles queremos a los catalanes pese a dirigentes como esos y presos como Junqueras y su banda. Porque la tierra española tiene ese aire a reconciliación y convivencia que rebate la desmemoria de la memoria.

Con los brazos abiertos, por tierra, mar y aire, España no encuentra el camino de vuelta porque nuestra política está maleada por las impurezas de la ambición.

Con los brazos abiertos
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