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Perdido antes de empezar

EN LA POLÍTICA, como en el deporte, hay partidos que se pierden incluso antes de empezar. Que las cosas del vestuario deben quedarse dentro del vestuario lo saben tan bien en el PPdeG como parecen ignorarlo de forma proverbial aquellos que cohabitan en el mal llamado espacio de confluencia, que más bien debería llamarse el de la disensión. En todas las casas hay peleas por el mando de la tele pero en casi ninguna se escuchan los gritos fuera tan alto como en esa especie de albergue en que acabaron casi todos a la izquierda del PSdeG, excepto el BNG. Allí, sentarse a la mesa todos juntos y no acabar lanzándose los cuchillos es poco menos que un imposible. Por suerte para ellos muchos gallegos están de vacaciones y viven ajenos al sainete que deja la imagen de En Marea y Podemos tan dañada que llegó a amenazar con acabar con unas posibilidades de superar al PSdeG que fueron tan reales tras las municipales de 2015 y el 20-D como parecían quiméricas ayer [viernes] por la mañana. Si al final concurrieran por separado —lo que al parecer no va a ocurrir— sería fácil imaginar la cara a Feijóo frotándose las manos. Solo tendría que sentarse a contemplar cómo sus rivales se destruían entre sí y de paso le daban el mejor argumento para la campaña: el del miedo ya no solo a un tripartito; mejor todavía, a un cuatripartito. Y se frotaría los ojos un Leiceaga que podría espantar por segunda vez en tres meses —la primera fue el 26-J— el fantasma del sorpasso.

El candidato del PSdeG sería el verdadero ganador de las disputas entre En Marea y la sucursal de Pablo Iglesias en Galicia, más sucursal si cabe gracias al planteamiento defendido por Carmen Santos con el beneplácito de Bescansa y Echenique: la coalición al 50% en ese lugar perdido al noroeste de España que le permitiría a Podemos mantener su marca pensando más en futuras batallas en clave estatal que en el propio asalto a la Xunta. Y es que si la alianza no se produjera, Leiceaga estaría en disposición de liderar la eventual alternativa al PP. En Marea, reacia a darle a Podemos el peso que reclamaba, también se enrocó en el partido instrumental dentro de ese debate oscuro sobre la fórmula jurídica que a los ciudadanos les importa más bien poco. ¿Alguna propuesta para Galicia?, se preguntarán. Y claro, ayer [viernes] llegaron los sofocos, las llamadas de última hora... o de penúltima. Porque aunque la coalición no se inscribiera en plazo, siempre podrían negociar otra fórmula hasta el día 22. Anoche se resolvió el guirigay, que fue tal que esta semana llegó a sonar el teléfono de un Xulio Ferreiro exasperado con Santos tras una reunión. Era Íñigo Errejón para disculparse por la actitud de su compañera. Si ni en Podemos se ponían de acuerdo... cómo iban a entenderse con los demás. Al final, todos saltarán al campo con el partido medio perdido. O no, que diría Rajoy.

*Artículo publicado en la edición impresa de El Progreso y Diario de Pontevedra el día 13/08/2016

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