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Lo público

HACE UN par de años, un compañero médico me contó una anécdota que le acababa de suceder y que resume a la perfección la percepción que algunos pacientes tienen de ‘lo público’. Por aquel entonces, yo trabajaba como enfermero en el Servicio de Urgencias Extrahospitalarias 061, destinado en la Uvi móvil de la ciudad de Pontevedra. 

Sí, vivía en Lugo, pero eso que nosotros llamamos la ‘bolsa de empleo’ decidió que a aquel número allí anotado le correspondía un contrato eventual a casi doscientos kilómetros de su casa. «O lo aceptas o te borramos de la lista durante un año» te espetan sin dudar desde el otro lado del auricular a la que ven que no tienes claro si tendrás que buscar piso en esa ciudad, si ese contrato durará lo suficiente como para que merezca la pena la mudanza, o si los 1.650 euros de nómina que te van a ingresar dos meses después compensan el cambio de vida. Maravillas del empleo temporal en el sistema público de salud de las que algún día les hablaré, aunque no se crean que en educación la cosa cambia mucho, lo sé porque me toca en la familia.

Aquella tarde de otoño hicimos una parada con la ambulancia en un centro de salud de la capital gallega, no para asistir a un paciente, si no por un asunto puramente administrativo. Cuando ya nos íbamos, uno de los médicos del centro salió a saludarnos. Nos contó que llevaba tiempo observando que, un buen número de los pacientes de su cupo, acudían reiteradamente a por recetas de fármacos que no consumían, retiraban más de los que debían tomar, o que podían ser sustituídos por otros de menor precio y misma eficacia. 

Preocupado por el excesivo gasto en fármacos, decidió con buen criterio tratar de solucionarlo haciendo ser conscientes a los pacientes de la situación y consensuando con ellos los cambios, y había elegido esa misma tarde para comenzar su cruzada contra un derroche que nos afecta a todos. Apenas llevaba tres pacientes atendidos en la consulta cuando uno de ellos, tras explicarle lo que costaban las pastillas que retiraba cada mes y no tomaba, le espetó con la misma seguridad de la persona de la bolsa de empleo: «a mi me da igual lo que cuesten las pastillas, lo paga la Xunta».

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