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Quedarse de vacaciones

NO ME he ido de vacaciones. He visto vuestras fotos en Mallorca, en Canarias, en París, en Berlín, en la India, en Cuba, en Australia. Hasta Rodrigo Cota, que se queja si tiene que caminar sin ventolín de la Peregrina hasta la Verdura, se ha ido a México. He visto cómo escupíais vuestra felicidad de piernas bronceadas y mojitos recién hechos en Facebook, Instagram, Twitter, hasta en Linkedin. Incluso Rodrigo Cota, que no cambia la foto de perfil desde 2015, se ha puesto presumido y ha subido una en el Senado de los Estados Unidos Mexicanos ataviado con una elegante americana y una extraña corbata vintage que aprovechó para ponerse en ausencia de su mujer. Sin embargo, nos quedamos sin el selfie en la bañera que me prometió antes de irse, y ni siquiera Antón Prieto, jefe de comunicación del Concello, se ha desnudado este año para desgracia de Eduardo Inda y del resto de sus fans entre las que me incluyo. Seguramente, las presiones del alcalde hayan tenido algo que ver. Fernández Lores no está dispuesto a que el torso desnudo de su jefe de gabinete vuelva a eclipsar sus titulares de peatonalización mundial y la foto de una nueva recogida de premios en algún lugar del mundo.

A pesar de que nos hemos quedado sin la mitad de la corporación municipal y de la prensa de esta ciudad, no se han ido los suficientes para dejar sitio a los que, un año más, nos visitan. Encerrada en mi pequeño piso de la zona vieja de Santiago he escuchado cada noche los cánticos flamencos confundirse con las Rianxeiras etílicas, en un ir y venir de peregrinos entusiastas. A 300 metros del Obradoiro, sin pisarlo, los vi pasar desde mi ventana como hormigas hambrientas corriendo a por su terrón de azúcar, la ansiada concha de vieira, incumpliendo una y otra vez la normativa municipal que prohíbe beber en la calle. Estrella Galicia ha sido nuevamente la gran protagonista de las fotos turísticas, ya que sigue resultando un licor muy exótico para nuestros visitantes, a pesar de venderse en la mayor parte de ultramarinos de los pueblos más remotos de España. Supongo que será como la Coca-Cola mexicana, aquí les sabe diferente. Si todavía no la tenéis, la foto perfecta es de espaldas a la Catedral, sentado en el suelo, intentado esquivar el fondo de los andamios, y con la botella de cerveza en la mano (la etiqueta hacia delante, por favor).


He escuchado cada noche los cánticos flamencos confundirse con las Rianxeiras etílicas


A mediados de agosto, los turistas invadían la rúa do Franco y Caldeirería, se reservaban trozos de arena desde primera hora de la mañana en Lapamán, se tardaba casi una hora en ir de A Lanzada a Pontevedra por la autovía, y en Sanxenxo se seguían levantando nuevos y horribles edificios que permanecerán vacíos durante los siguientes nueve meses del año para desgracia de los lugareños que ya no pueden ver la playa desde sus ventanas. Mientras, el precio del pulpo vivía una auténtica burbuja, y en algunos sitios se situaba a la altura de la mejor cocaína de batea. Tan mainstream es Galicia que de nuevo The Guardian, el periódico responsable de convertir las Illas Cíes en el Magaluf de las Rías Baixas, publicaba un reportaje sobre las bondades de nuestra tierra en el que nos lanzaban una nueva horda de guiris que todavía no conocen las Rías Altas y A Mariña. ‘Galicia coast holiday guide: the best beaches, bars, restaurants and hotels’ (Guía de vacaciones de la costa de Galicia: las mejores playas, bares restaurantes y hoteles) acompañado de un sugerente subtítulo que incluía los términos «playas de arena blanca», «épico escenario atlántico» y «marisco supremo». El reportaje se acompaña de hermosas fotos de casitas bajas, evitando retratar el destrozo urbanístico de las primeras y segundas líneas de playa de las Rías Baixas y las autopistas y autovías trituradoras del paisaje que estiran el asfalto hasta la primera roca de la playa.

Tan mainstream es Galicia que de nuevo The Guardian publicaba un reportaje sobre sus bondades

Os vi tan ocupados que me cansé al veros. Que si veinte vuelos, que si museos, que si bodegas, que si snorkel, que si bautismo de mar, que si padel, que si senderismo, que si yoga, que si zumba, que si zumba yoga. A algunos os han pasado cosas súper emocionantes que recordaréis siempre porque está colgado en Instagram. Si hasta Rodrigo Cota, que lo máximo que arriesgó nunca la vida fue cruzando sin mirar por una de las escasas zonas sin peatonalizar, ha acabado encerrado en el aeropuerto del DF por una tromba de agua.

Me he quedado de vacaciones. Desde el terruño he escuchado los testimonios de peregrinos y primeros visitantes que en alguna tasca de Santiago me aseguraban que esto era lo mejor que habían visto en toda su vida. Soy una de esas afortunadas trabajadoras que ya tiene su foto en el banco de Loiba, en Fuciño do Porco, en la playa de las Catedrales y en cada rincón de mi querida Pontevedra desde antes de que la etiqueta #Galifornia descubriese al mundo lo que nosotros ya sabíamos: vivimos en el mejor lugar del mundo.

Y ahora, si me queréis, irse. Marcharse. Volved en junio. Y devolvedme a Rodrigo Cota.

Quedarse de vacaciones
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